Lic.
Sergio D`Onofrio
El mensaje navideño pronunciado por Monseñor León
Kruk y publicado el 25 de Diciembre de 1984 en el Diario Los Andes, Monseñor
nos brinda una reflexión rigurosa sobre el sentido cristiano de la Navidad en
un mundo que comenzaba a mostrar, con creciente claridad, los signos de una
crisis moral profunda. Tal como nos tiene acostumbrados en sus homilías de la
hojita “Comunidad” Mons. Kruk habla como pastor, pero también como teólogo
práctico, consciente de que la celebración del Nacimiento del Señor exige una
conversión real del entendimiento y de la vida.
Desde el inicio, el obispo sitúa la Navidad en el
plano de la verdad objetiva. El nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo no es
presentado como un mito edificante ni como una tradición cultural, es como un
hecho histórico y salvífico, que interpela al hombre concreto, es en definitiva,
un acontecimiento que divide las aguas: allí
donde Cristo es reconocido como Verbo encarnado, la historia adquiere sentido;
allí donde se lo reduce a símbolo, la cultura se desintegra. Esta afirmación,
implícita en su mensaje, posee consecuencias profundas. El obispo advierte que
la pérdida del sentido cristiano de la Navidad no es un fenómeno aislado, sino
un síntoma de una apostasía silenciosa que se infiltra incluso en ámbitos
eclesiales. En este punto, Kruk se
distancia de toda lectura sentimental o reduccionista del misterio cristiano.
La Navidad no es emoción, ni simple símbolo de fraternidad humana: es la
irrupción de Dios en la historia, la
entrada de la Verdad en el tiempo.
“Agregó el prelado que es conveniente reflexionar sobre
este hecho. Reflexionar sobre la realidad del mismo nacimiento, sobre su contenido
y sobre sus consecuencias. De no ser así, sobre todo si el nacimiento de Jesús
no trae ninguna consecuencia para nosotros, sería irracional el celebrarlo (…)
Ningún hecho histórico de la antigüedad, tiene a su favor tantos argumentos y
garantías de seguridad y certeza, como el nacimiento de Jesús en Belén. Ningún
nacimiento fue preparado por siglos y siglos y esperado por generaciones y
generaciones, como el nacimiento de Jesús. Ningún nacimiento fue anticipado y
profetizado tantos siglos como el de Jesús. Ningún nacimiento revolucionó tanto
a la historia, ni conmovió tanto a una ciudad como el nacimiento de Jesús, que
se hizo patente a los Reyes Magos y que convulsionó a la Jerusalén de la inmoral
e hipócrita Herodes. Ya de por sí es un hecho para tenerlo en cuenta, para
concluir que se trata de algo importante.
Sostuvo monseñor Kruk, que en cuanto al contenido, el hecho del
nacimiento de Jesús, anunciado desde siglos, y vivido en su realidad, no puede
ser despojado de su contenido. (…) Por eso el nacimiento de Jesús, ya nos
revela el amor de Dios Padre, de ese Padre que Jesús nos enseñara a invocarlo
con el Padre Nuestro. El nacimiento de Jesús, nos recuerda también nuestra
desgracia, nuestra necesidad de ser ayudados, de ser salvados por otros, como
los náufragos en medio del océano. Nos recuerda, además, que es Dios mismo
quien nos salva, nos redime y nos vuelve a ser suyos. Por eso se dice que Jesús
es el Emmanuel, que significa el Dios con nosotros.”[1]
Este énfasis en la verdad encarnada resulta
central. Puesto que, tal como menciona Monseñor Kruk, el Niño de Belén no puede
separarse del Cristo crucificado y resucitado. Celebrar la Navidad implica
aceptar las consecuencias de la Encarnación: la exigencia de vivir conforme al
Evangelio, de ordenar la vida personal y social a la ley de Dios. No hay, en su
mensaje, concesiones al relativismo ni al moralismo laxo. La verdad, afirma el
obispo, no ofende; lo que hiere es el pecado y la mentira, no la luz que los
revela. Dios
entra en la historia, y por ello la historia ya no puede ser interpretada al
margen de Dios. Kruk se sitúa así en abierta oposición a las corrientes
historicistas y secularizantes que pretendían —y aún pretenden— analizar la
realidad social y política prescindiendo del orden sobrenatural. Para él, toda
lectura histórica que ignore la centralidad de Cristo está condenada a la
parcialidad y, en última instancia, al error.
En este sentido, el mensaje navideño se transforma
en una crítica implícita —pero firme— a una sociedad que comenzaba a vaciar de
contenido los grandes misterios cristianos. Monseñor nos advierte que una
Navidad sin verdad degenera en hipocresía, en rito vacío, en celebración
superficial. El cristiano que se conmueve ante el pesebre pero rehúye las
exigencias del Evangelio vive una contradicción interior que termina por
esterilizar su fe.
“sostiene monseñor Kruk. El nacimiento de Jesús incide
profundamente en nuestra vida personal. Si no incide en nuestra vida personal,
para qué celebrarlo, para qué recordarlo, y ante este hecho no podemos
permanecer indiferentes. El que algunos, o por desgracia muchos, intenten o
demuestren indiferencia, eso no los exime de la propia responsabilidad. De qué
le sirve a uno querer ser indiferente ante el barco en que se hunde y en el
cual viaja, sino para demostrar imbecilidad. Jesús vino para traernos junto a
una doctrina nueva, con una enseñanza nueva, sobre toda una vida nueva. Esa
vida que necesariamente debe reflejarse en la conducta, el comportamiento, en
las actitudes. Cristo dijo: "Yo soy la Verdad". Miremos nosotros qué
pasa a nuestros alrededores. Cuánta mentira, cuánto engaño cuánta hipocresía,
dolo, falsía, y todo esto no es coherente con la celebración de la Navidad. El
que celebra la Navidad, pues tendría que modificar esas actitudes, y ubicarse
en el ámbito de la verdad. La verdad que no ofende, sino al que no está con
ella; la verdad que no daña, sino al que la rechaza.”[2]
La fuerza del mensaje radica también en su claridad pedagógica. Como cristiano y como Obispo, Monseñor Kruk no recurre a formulaciones ambiguas ni a un lenguaje complaciente. Habla con la parresía propia del pastor que sabe que será juzgado por la fidelidad a su misión. La Navidad, sostiene, debe reflejarse en la conducta, en las actitudes, en el modo de concebir la vida familiar, social y eclesial. De lo contrario, se convierte en una falsificación del misterio.
Verdad, coherencia y escándalo: una
Navidad sin concesiones
El obispo de San Rafael no se alineó con las
corrientes teológicas tercermundistas, tibias, marxistas dominantes que, bajo
pretexto de aggiornamento, relativizaban la doctrina o diluían la identidad
católica. Por el contrario, asumió conscientemente una posición contracultural,
fiel al Magisterio tradicional de la Iglesia. Su pensamiento,
por tanto, se inscribe en la línea de los grandes doctores de la Iglesia, para
quienes la verdad no se opone a la caridad, sino que la funda. Amar sin verdad
es sentimentalismo; proclamar la verdad sin caridad es dureza. Kruk logra
mantener este equilibrio, aun cuando su palabra resulte exigente.
“Enfatizó que otra
consecuencia lógica de la Navidad, es la sinceridad, que es esa lealtad, esa
fidelidad y claridad en las cosas y en los conceptos. Por eso la falta de
lealtad, fidelidad y claridad, sobre todo en expresiones y en promesas, y eso
va en contra precisamente de la Navidad. En contra de la sinceridad del Dios
que viene porque nos ama, y no por otros motivos. Tanto amó Dios al mundo que
le envió a su Hijo único, dice Jesús. Entonces seamos coherentes en esta
Navidad, buscando la sinceridad con nosotros y en nuestras obras y nuestra
sinceridad con los demás. Y la honestidad, podríamos añadir, como consecuencia
lógica de la Navidad. Honestidad que se opone al egoísmo, a ese logro personal,
a ese medrar el uno en beneficio propio, sin importarle el daño que se puede
causar a los demás. Si nosotros vivimos esta coherencia de la Navidad, en la
verdad, en la sinceridad, en la honestidad, pues servirán todas las demás
virtudes que tanta falta nos hacen para nuestra convivencia pacífica y de
progreso, tanto en lo cultural, en lo espiritual, como también en lo material,
económico, y todo lo que hace al entorno del hombre.
Mis hermanos, —concluyó monseñor Kruk— el que no vive estas realidades,
el que no está con la verdad, la sinceridad y la honestidad, no puede desear
feliz Navidad a nadie, porque está precisamente despojando de su real y hondo
contenido y de su lógica consecuencia al hecho mismo de la Navidad. Yo de mi
parte procuro vivirlo —dijo el prelado—, aunque a veces las circunstancias los
tornan difíciles a ciertos actos, pero por lo menos en mi empeño trato de vivir
en la verdad, en la sinceridad y honestidad, y por eso creo que tengo todo el
derecho y aval de poder desear con toda intensidad feliz navidad a todos en
este 1985.”[3]
Su mensaje navideño revela, además, una
antropología cristiana sólida. El hombre no se salva por la emoción ni por la
mera buena intención, sino por la gracia acogida en la verdad. La Encarnación
no exime del combate espiritual; lo inaugura. Pues tal como lo enseña Mons.
Kruk, la Navidad es inseparable de la Cruz.
Monseñor
León Kruk: el mayor obispo de la historia sanrafaelina
Hablar del mensaje navideño de Kruk exige,
necesariamente, situarlo en el marco más amplio de su figura episcopal. No es
una afirmación retórica sostener que Monseñor León Kruk fue el obispo más
grande que tuvo San Rafael. Su grandeza no debe ser medida ni entendida por
criterios mundanos, por el contrario, debe ser comprendida bajo la profundidad de
la fecundidad espiritual, la claridad doctrinal y la capacidad de formar
estructuras al servicio de la Iglesia.
Monseñor Kruk comprendió, desde el inicio de su
episcopado, que una diócesis con escases de sacerdotes y sin una sólida formados
está condenada a la esterilidad. De allí su decisión —valiente y profética— de
fundar el Seminario Santa María Madre de Dios, todo esto enmarcado en una realidad
por demás apremiante, la escasez de vocaciones y por una creciente hostilidad
hacia los seminarios fieles a la tradición.
León Kruk apostó por una formación sacerdotal
centrada en la vida espiritual, la ortodoxia doctrinal y la disciplina
eclesiástica. Esta opción le valió incomprensiones, resistencias y
persecuciones, tanto dentro como fuera de la Iglesia.
En estrecha relación con esta obra fundacional, Kruk acompañó y protegió el surgimiento del Instituto del Verbo Encarnado, consciente de que el carisma naciente respondía a una necesidad profunda de la Iglesia contemporánea: el anuncio de Cristo como Verbo hecho carne, frente a las múltiples formas de gnosticismo moderno.
Pastor,
padre y protector del laicado católico
Otro rasgo distintivo del episcopado de Kruk fue su
decidido apoyo a los fieles laicos y a las organizaciones católicas
auténticamente comprometidas con la fe. En una época en que muchos pastores
optaban por una actitud distante o meramente administrativa, Kruk ejerció una
paternidad espiritual concreta. Defendió a los laicos cuando eran atacados por
su fidelidad y promovió su formación.
comprendía que el laicado no debía ser
instrumentalizado ni marginado, sino integrado orgánicamente en la vida de la
Iglesia, respetando la distinción de estados y funciones. Su cercanía con los
fieles fue una de las razones por las cuales su figura despertó un amor
profundo en el pueblo sencillo.
Es así como nacen cientos de grupos y apostolados
dentro de la vida espiritual de San Rafael, tales como la Legión de María en
San Rafel, El Servicio Sacerdotal Nocturno, la Obra Corazón y Voluntad, etc.
Pruebas,
persecuciones y martirio espiritual
La grandeza de Kruk se manifiesta también en las
pruebas que debió atravesar. Sufrió la escasez de sacerdotes, la incomprensión
de sectores eclesiásticos, y una persecución sistemática contra el seminario
diocesano. Estas presiones alcanzaron incluso el plano político, durante el
gobierno de Raúl Alfonsín, cuando se intentó, directa o indirectamente,
debilitar las instituciones eclesiales que no se adecuaban al clima ideológico
dominante.
A esto se le suma la persecución por parte de la progresía
eclesiástica, marcada por la pérfida herejía de la Teología de la Liberación,
siendo el apoyo fundamental de Kruk el papa Juan Pablo Magno.
Este conjunto de sufrimientos configura lo que
puede denominarse, sin exageración, un verdadero martirio espiritual. Kruk no
derramó su sangre, pero entregó su vida en la fidelidad cotidiana, cargando con
la cruz del aislamiento y la difamación.
Muerte,
duelo del pueblo y la infamia del aplauso
La muerte de Monseñor Kruk marcó un punto de
inflexión en la historia eclesiástica de San Rafael. El pueblo fiel lo lloró
sinceramente, consciente de haber perdido a un pastor auténtico. Sin embargo,
este dolor contrastó de manera escandalosa con la actitud de algunos jerarcas
eclesiásticos que celebraron su desaparición. Entre ellos se destacó la figura
de Monseñor Laguna, cuyo comportamiento quedó grabado como una de las páginas
más amargas de la historia reciente de la Iglesia argentina.
Este contraste revela una verdad profunda: los
santos suelen ser incomprendidos en vida y reivindicados tardíamente. Kruk no
buscó el aplauso de los poderosos, sino la fidelidad a Cristo. Por ello, su
memoria sigue viva en el pueblo creyente.
Conclusión:
la urgencia de recuperar su legado
Recordar a Monseñor León Kruk no debe ser bajo ningún
aspecto un mero ejercicio nostálgico, todo lo contrario, se manifiesta una
necesidad histórica y espiritual. Su mensaje navideño, lejos de haber perdido
vigencia, interpela con mayor fuerza a una Iglesia tentada por el acomodo y la
ambigüedad. Kruk fue un obispo que creyó en la verdad, la predicó y la
defendió, aun a costa de su propia paz.
San Rafael le debe no solo estructuras, sino un
estilo pastoral: claro, exigente y profundamente sobrenatural. Recuperar su
figura es, en definitiva, recuperar una forma de ser Iglesia.
[1] KRUK L. (1984) Mensaje Navideño que dio el obispo de San Rafael. Diario
Los Andes. Mendoza. Mendoza. Argentina
[2]KRUK L. (1984) Mensaje Navideño que dio el obispo
de San Rafael. Diario Los Andes. Mendoza. Mendoza. Argentina
[3]KRUK L. (1984) Mensaje Navideño que dio el obispo
de San Rafael. Diario Los Andes. Mendoza. Mendoza. Argentina
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