Uno de los hechos más controversiales de la
historia argentina es sin duda la llamada “Conquista del Desierto”, muchos
historiadores emiten diferentes opiniones, visiones acerca de que si fue, o no,
un genocidio por parte del gobierno de turno.
Al abordar la temática por lo general se toma el periodo histórico
de 1878 y 1885, llevada adelante por Alsina y Julio
A. Roca, bajo dos etapas o estrategias diferentes, pero el común de la gente
olvida que existió una primer conquista del desierto a finales de 1833
y principios de 1834 por el Restaurador Don Juan Manuel de Rosas que tuvo
características totalmente distintas.
En este artículo nos permitiremos analizar las dos campañas bajo una mirada
critica y objetiva.
La zona más trabajada en la conquista del desierto es la zona de La Pampa y la
Patagonia, también al norte Chaco, Formosa.
El gobierno de Buenos Aires tomó medidas frente a los malones que arrasaban con
todo a su paso, robaban ganado, mataban niños y tomaban prisioneras a las
mujeres las cuales después serían sometidas al indio como una especie de
segunda esposa de éste.
Fue durante la gobernación de Juan Manuel de Rosas que se llevó a cabo, en
1833, la llamada "Primera Campaña del Desierto". Este primer
movimiento no consistió únicamente en acciones militares, sino que se apoyó
también en una política de alianzas estratégicas y pactos con los caciques de
las distintas tribus. Rosas, hombre de profunda experiencia en las lides
rurales, poseía una excepcional capacidad para comprender el alma tanto del
gaucho como del indio, sabiendo interpretar sus costumbres, su lenguaje y su
modo de comprender la realidad. Gracias a los pactos establecidos con los
caciques logró reducir en gran medida los ataques, estableciendo acuerdos que
garantizaban la paz en vastas regiones del sur bonaerense.
Los objetivos propuestos por Rosas con respecto a la Campaña eran:
Ø Terminar con los indios que actuaban en malones, saqueando las
poblaciones de la Campaña.
Ø Ampliar las fronteras agregando territorio a las provincias.
Ø Inspeccionar las zonas desconocidas y aprovecharlas para realizar
estudios científicos
Rosas intentaría llegar hasta el actual Neuquén ya que era el lugar donde se
encontraba el producto del saqueo para después llevarlos a Chile
teniendo en cuenta que en la zona de la Patagonia se encuentra la
zona más baja de la cordillera de los Andes y por tanto la más propicia para
trasladar el ganado.
“Juan Manuel es mi amigo. Nunca me ha engañado. Yo y todos mis indios
moriremos por él. Si no hubiera sido por Juan Manuel no viviríamos como vivimos en fraternidad con los
cristianos y entre ellos. Mientras viva Juan Manuel todos seremos felices y pasaremos una vida tranquila al
lado de nuestras esposas e hijos.
Todos los que están aquí pueden atestiguar que lo que Juan Manuel nos ha dicho
y aconsejado ha salido bien...”[1]
Pocas voces son tan
elocuentes para comprender la verdadera dimensión de Juan Manuel de Rosas como
la de quienes convivieron con él en la dura frontera del desierto. Entre ellas
destaca la del célebre cacique Catriel, quien, lejos de prejuicios, dio
testimonio sincero del vínculo de respeto y amistad que supo forjar el
Restaurador con los pueblos indígenas.
Catriel, cacique de uno de los principales grupos aborígenes de la región
pampeana, recordaba a Rosas de la siguiente manera:
“Nuestro hermano Juan Manuel indio rubio y gigante que vino al desierto
pasando a nado el Samborombón y el Salado y que jineteaba y boleaba como los
indios y se loncoteaba con los indios y que nos regaló vacas, yeguas, caña y
prendas de plata, mientras él fue Cacique General nunca los indios malones
invadimos, por la amistad que teníamos por Juan Manuel. Y cuando los cristianos
lo echaron y lo desterraron, invadimos todos juntos”.[2]
En tiempos de Rosas, los malones cesaron. Por
respeto, por afecto y por la fidelidad de los pactos, los pueblos indígenas
permanecieron en paz con los cristianos. La palabra de Juan Manuel era sagrada.
Como señal de su amistad, distribuía entre las tribus ganado, yeguas, caña y
ricas prendas de plata. Estos obsequios, lejos de ser simples dádivas,
simbolizaban el compromiso de unidad entre dos mundos que, bajo su influjo,
lograban convivir.
Catriel lo expresaba sin ambages: “Mientras él fue Cacique General,
nunca los indios malones invadimos, por la amistad que teníamos por Juan
Manuel”. Fue solo después de su injusto derrocamiento y destierro que
las tribus, privadas de su protector, se sintieron nuevamente lanzadas al
camino de las armas, invadiendo la campaña en señal de protesta y desamparo.
La fidelidad de Catriel hacia Rosas no era fruto del miedo ni de la coacción,
sino de la gratitud y la admiración. “Juan Manuel es mi amigo. Nunca me ha
engañado”, afirmaba el cacique. En sus palabras resuena la nobleza de
quienes, aún desde su modo de vida diferente, sabían reconocer la verdad y la
lealtad en los actos de los hombres.
Bajo el gobierno de Rosas, los aborígenes y los criollos disfrutaron de un
tiempo de paz difícil de repetir. Catriel no dudaba en señalar que, gracias a
los consejos y decisiones del Restaurador, su gente podía vivir tranquila al
lado de sus esposas e hijos, cultivando la esperanza de una vida mejor.
Así, las palabras de Catriel no solo reivindica la figura de Rosas como
político y militar, sino que lo consagra también como un verdadero hombre de
frontera, un estadista que supo ver en el indio no a un enemigo
irreconciliable, tal como lo percibía la facción liberal, como Sarmiento, Mitre
y Roca, sino a un aliado y a un hermano, capaz de construir junto a los
cristianos una patria basada en la paz, el respeto y la palabra empeñada.
Rosas proyectó extender su acción militar y política hasta las regiones que hoy
conforman la provincia de Neuquén. Sabía que en aquellos territorios se
encontraban almacenados los productos del saqueo: ganado y demás bienes que
luego eran trasladados hacia Chile. Esto era posible gracias a que, en esa
región de la Patagonia, la cordillera de los Andes alcanza su menor altitud,
facilitando el cruce de los arreos de un lado al otro.
Con aguda inteligencia estratégica, Rosas comprendió que controlar esos pasos
naturales era esencial para cortar de raíz el comercio clandestino que
beneficiaba a las tribus saqueadoras para garantizar la seguridad y prosperidad
de la campaña bonaerense. Su acción además de defender a los pobladores,
sentaba las bases para el futuro dominio, abriendo aprovechamiento de esas
tierras que, hasta entonces, eran escenario de violencia y desolación.
La estrategia del Restaurador consistía en tres columnas que debían partir desde el sur de Mendoza: al mando de Felix Aldao la primera; desde el sur de Córdoba y San Luis al mando de Ruiz Huidobro la segunda y la tercera , desde el sur de Buenos Aires comandada por Facundo Quiroga quien era el Comandante General de la Campaña.[1]

El casique Calfucurá ataca los campos del sur de Bs As, cerca a Tandil, Tapalqué, Azul, y General Alvear. Su botin consistió en 200.000 cabezas de ganado vacunos y varios miles de yeguarizos[2] sometió a los borogas, ranqueles y picunches, por este barbarico hecho muchos historiadores lo llaman “El emperador de la Patagonia”
Incluso el general Bartolomé Mitre, quein se desempeñaba como ministro de guerra de la provincia de
Buenos Aires, sufrió una amarga derrota frente a Calfucurá en Sierra Chica en 1855.
“Rosas pactó con Calfucurá en 1836, Paz del Pino: a cambio de determinadas prestaciones, como animales, bebidas, ropas, yerba, azúcar, tabaco, logró mantenerlo en paz y hacerlo colaborar mediante la denuncia del propósito de malonear de algunas tribus hostiles.”[3]
Calfucurá, finalmente cae derrotado en la batalla de San Carlos marzo de 1873 mediante una alianza con los caciques Cipriano Catriel y Coliqueo. Calfucurá muere ese mismo año con más de cien años de edad.
La Segunda Campaña del Desierto se puede dividir en los etapas o dos estrategias: la primer etapa con Alsina y la segunda con Julio Argentino Roca.
Primer Etapa: La estrategia defensiva de Alsina

Alsina durante la conquista toma una política de defensa, de fortalecimiento, trata de llegar a acuerdos con los indios, hace un tratado con el casique Catriel por las tierras del sur de Buenos Aires a cambio de vivienda, alimento y demás provisiones. Las consecuencias de dicho pacto fue el repudio de muchos casiques quienes se unen para luchar contra Alsina produsiendoce en 1876 la batalla de lagunas de Belsani.
Alsina manda a cavar una zanja de tres metros y medio de ancho, dos metros de profundidad y empalizadas de un metro de alto, esto mas que nada dificultaba para el retorno en la zona del río Colorado.
El propósito de la zanja era el de de facilitar la defensa de las tierras ubicadas dentro de la línea de frontera y procurar la defensa de los nuevas pobladores contra los ataques, cada vez más agresivos, de los aborígenes que ocupaban los territorios ubicados fuera de dicha línea. deteniendo los permanentes ataques de los malones, y evitando los arreos de ganado que los indios arrebataban a las estancias y, llevándoselos por la ruta de la Rastrillada grande, vendían luego en su tierra de origen, Chile.
La divisoria física pretendía terminar con esta transferencia de riqueza pecuaria del atlántica a la pacífica y con la carga de sus costos (pérdida de vidas humanas, gastos en defensa, despojo de riquezas consistentes en bienes de uso, y cautivación de mujeres que pasaban a servir económica y sexualmente como esclavas) que soportaban los pobladores de los pagos saqueados.
“La grave cuestión del malón, sus incendios de poblaciones, matanzas de sus habitantes indefensos, robo de ganados, cautiverio de mujeres llevadas a servir de toda forma a sus captores, se sufría desde la temprana etapa de la dominación hispánica.”[4]
El proyecto contemplaba la construcción de una Zanja Nacional de aproximadamente 600 km, que se extendería hasta San Rafael, en la actual provincia de Mendoza.
Los trabajos se iniciaron en 1876 y las construcciones básicas (no así su mantenimiento y reparación) finalizaron sólo un año más tarde, como consecuencia del fallecimiento de Adolfo Alsina, con 374 km de zanja construida en los terrenos ganados a los indios entre Italó —en el sur de la provincia de Córdoba— y Nueva Roma — al norte de Bahía Blanca, en la provincia de Buenos Aires. Quedó así establecida una nueva línea de fronteras.
La ejecución de la obra estuvo a cargo del coronel Conrado Villegas con los soldados de la División Norte. La zanja fue íntegramente construida a pico y pala y resultó extremadamente costosa en dinero y esfuerzo humano. La dirección de las obras fue confiada al ingeniero Alfredo Ebelot.
La Zanja de Alsina marcó una nueva fase de la ampliación hacia el sur de las fronteras efectivamente ocupadas por el estado argentino. Sin embargo su estrategia eminentemente defensiva no fue útil para proteger y resistir los ataques indios.
La costosa zanja significó, además, un avance considerable en las áreas más fértiles que quedaban en poder de los indígenas: incrementó en 56.000 km² la extensión dedicada a la explotación ganadera; promovió la sanción de la «Ley de colonización» o «Ley Avellaneda» —que autorizó varios sistemas de colonización, propició la formación de colonias agrícolas, emulando la que existía en la provincia de Santa Fe y fijó máximos y mínimos para las parcelas de tierras públicas, que se fueron vendidas con créditos amplios u otorgadas gratuitamente por concesiones y que benefició especialemnte a muchos estancieros, varios de los cuales aumentaron sus extensiones y lograron ser grandes terratenientes, concentrando la propiedad privada de la tierra entre varias familias cercanas al gobierno, como ser los Pereyra Iraola, los Álzaga Unzué, los Luro, los Anchorena, los Martínez de Hoz y los Gainza Paz—; acortó en 186 km la frontera bonaerense que medía 610 km; empujó a los indígenas más al sur y al oeste, hacia el desierto; se fundaron pueblos nuevos; se extendió la red telegráfica a las comandancias militares de los pueblos de Guaminí, Carhué y Puán recién fundados, y se abrieron nuevos caminos.
“Este sistema defensivo, que fue muy criticado por el general Julio A. Roca, demandaba mucho tiempo y recursos para realizarlo, pero el ministro Alsina lo consideraba el único factible en esos difíciles momentos. Estimando imposible efectuar un avance en toda la línea que pasaba por las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires, se decidió comenzar por esta última. La nueva frontera dobla partir al norte del fortín Nueva Roma y pasar por Puan, Carhué, Guaminí, Trenque Lauquen e Italó. Con ello se ganaban unas 2.000 leguas de campos muy aptos para la ganadería.”[5]
Durante el periodo de gobierno de Alsina se crean fortines en la zonas de frontera para la defensa de la misma y con la muerte de Adolfo en 1877 se dio por abortada la continuidad de la zanja, el nuevo ministro, el general Julio Argentino Roca, emprendió una campaña más agresiva, a través de la Conquista del Desierto, al batir a los indígenas del sur.

Segunda Etapa: La estrategia Ofensiva de Roca

La estrategia de Roca consistía en atacar en columnas de a cinco para abrir camino al ejército mas grande atrás y a su vez asegurar la zanja, cortar la entrada por Neuquén.
Jose Luis Gallardo nos comenta:
“Un total de cinco divisiones componen este movimiento. La 1° está al mando del propio Roca, secundado por Conrado Villegas; la 2° a cargo de Lavalle, parte también de Carhué; la 3° mandado por Racedo. Sale desde la frontera de Córdoba y San Luis; la 4° que tendrá a su frnte al coronel Napoleón Uriburu, ha de venir desde Mendoza; y la 5°, se divide en dos columnas: una bajo las órdenes de Hilario Nicandro Lagos, con punto de partida en Trenque Lauquen; la otra, dirigida por Enrique Godoy, que deja su asiento en Guamini”[6]
Se incorporó al control efectivo de la República Argentina una amplia zona de la región pampeana y de la Patagonia
Los principales objetivos eran:
Ø Objetivos territoriales: El deseo de expandir el territorio Argentino hacia la llanura pampeana y la patagonia, ante el inminente reclamo de Chile y Reino Unido que apresuraban a Argentina a tomar posesión de esta.
Ø Objetivos económicos: Evitar los constantes robos de ganado que los indígenas realizaban a las haciendas, eliminar a los malones, ya que los indígenas se llevaban a las personas para pedir rescate a cambio de estos. El estado buscaba apropiarse de grandes extensiones de tierra y luego repartirlas entre pocas personas, para destinarlas a la ganadería.
Ø Objetivos políticos: La consolidación del estado y la consolidación política de Roca. La necesidad de demarcar la frontera con Chile, para ganar el espacio patagónico. El afianzamiento de una unidad nacional que pretendía igualar la diversa población expulsando a los aborígenes y conformando el pueblo argentino.
Ø Las constantes presiones de Chile y el Reino Unido por las tierras de la patagonia, obligando al estado argentino a tomar partido sobre ellas.
Las consecuencias de la Conquista del Desierto
Ø La exterminación de los pueblos indígenas de la Patagonia y del centro del país.
Ø Expansión de las fronteras y anexión de las tierras conquistadas
Ø Aumento en la actividad económica del país, especialmente ganadera.
Muy buen artículo. 👌
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