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La infiltración marxista en la Iglesia argentina: el MSTM, la crisis de Paraná y la respuesta de León Kruk



Lic. Sergio D`Onofrio

 

Resumen / Abstract

Resumen

El presente trabajo analiza la crisis eclesiástica argentina de la segunda mitad del siglo XX a partir del surgimiento del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, la difusión de la Teología de la Liberación y sus consecuencias en el ámbito de la formación sacerdotal. El estudio se centra particularmente en el caso del Seminario de Paraná y el denominado “éxodo paranaense”, interpretados como expresión concreta de una crisis doctrinal vinculada a la incorporación de categorías marxistas dentro de la reflexión teológica y pastoral. A partir de documentos eclesiásticos, testimonios seminarísticos y pronunciamientos magisteriales, se examina la tensión entre las corrientes tercermundistas y la tradición doctrinal católica. En este marco, la figura de León Kruk es abordada como expresión de una respuesta orientada a la restauración del orden formativo, la centralidad de la vida espiritual y la fidelidad al Magisterio. El trabajo sostiene que la crisis del período no puede ser comprendida únicamente desde variables sociológicas o pastorales, sino fundamentalmente desde la alteración de los principios doctrinales que estructuran la identidad sacerdotal y la misión de la Iglesia.

Palabras clave

Teología de la Liberación; Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo; León Kruk; Seminario de Paraná; Iglesia argentina; crisis doctrinal; formación sacerdotal.


Introducción

El estudio de la Iglesia en la Argentina durante la segunda mitad del siglo XX impone un abordaje que trascienda la mera cronología de los acontecimientos y se adentre en el discernimiento doctrinal de los procesos. La irrupción del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) no puede ser interpretada únicamente como un fenómeno pastoral o sociológico, sino como la expresión concreta de una tensión más profunda: la confrontación entre la integridad del depósito revelado y su reinterpretación a partir de categorías ideológicas ajenas a la tradición católica. En este contexto, la recepción —frecuentemente acrítica— de ciertos postulados de la denominada teología de la liberación implicó una alteración del orden teológico, al desplazar el eje de la redención desde su dimensión sobrenatural hacia una concepción predominantemente temporal.

La intervención del Magisterio, particularmente a través de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe bajo la dirección de Joseph Ratzinger, permite establecer un criterio hermenéutico sólido para evaluar estas corrientes. Allí se advierte que el recurso a matrices de pensamiento inspiradas en el marxismo introduce una incompatibilidad estructural con la fe cristiana, afectando tanto la comprensión del hombre como la finalidad última de la historia. Este marco doctrinal resulta indispensable para comprender los efectos concretos de dicha desviación en el ámbito argentino, especialmente en la formación sacerdotal.

La crisis del Seminario de Paraná y el denominado “éxodo paranaense” constituyen un caso paradigmático de esta tensión. Frente a la disolución progresiva de los principios formativos tradicionales, un grupo de seminaristas optó por preservar la ortodoxia, encontrando en la figura de León Kruk una respuesta concreta y providencial. La acción de este prelado no puede reducirse a una solución circunstancial; representa, en rigor, una reafirmación del modelo episcopal clásico, fundado en la custodia de la doctrina, la disciplina eclesiástica y la centralidad de la vida espiritual.

El presente trabajo se propone, por tanto, analizar este proceso en su doble dimensión: como manifestación de una crisis doctrinal inducida por la penetración ideológica en el ámbito eclesial, y como ejemplo de restauración a partir de la fidelidad a la tradición. Tal enfoque no responde a una intención polémica, sino a la necesidad de esclarecer un episodio cuyo significado excede el marco local y se inscribe en la historia más amplia de las tensiones internas de la Iglesia contemporánea.

Desarrollo

El análisis de la crisis eclesiástica argentina de la segunda mitad del siglo XX exige un criterio claro: no basta con describir hechos; es preciso discernir su raíz doctrinal. Allí donde se altera el orden de la fe, la historia deja de ser mera sucesión de acontecimientos para convertirse en manifestación de una lucha más profunda. En ese horizonte debe situarse la aparición del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), cuya acción no puede ser comprendida sin atender a la infiltración ideológica que lo sustentó.

El MSTM surge en un contexto signado por tensiones globales: la Guerra Fría, la expansión del socialismo revolucionario y la creciente politización de los sectores juveniles. América Latina no permaneció ajena a este proceso; por el contrario, se convirtió en terreno fértil para la difusión de categorías marxistas aplicadas a la realidad social. En ese clima, un sector del clero argentino asumió como propia una lectura del Evangelio atravesada por el análisis marxista de la lucha de clases, reinterpretando la misión sacerdotal en términos política. La intención inicial —denunciar situaciones de injusticia— no resulta en sí misma reprochable; la Iglesia, desde León XIII en adelante, ha sostenido una doctrina social coherente y orgánica. El problema reside en la sustitución del principio teológico por un principio ideológico.

El M.S.T.M., fue una agrupación de sacerdotes (exclusivamente) cuyo objetivo fundamental era concientizar al pueblo argentino sobre la situación de injusticia en que se vivía; desde su comienzo, muestran una clara adhesión a la Encíclica Populorum Progressio y al Manifiesto de los 18 Obispos. Abarca un período que se extiende desde 1967, hasta aproximadamente 1974; algunos autores consideran que este se extiende hasta 1976 con el Golpe de Estado.”[1]

 

No obstante, antes de continuar con el fundamento doctrinal que sustenta a la herética agrupación de clérigos tercermundistas. Se hace imperioso entonces abordar, al menos brevemente la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, o también llamada la Conferencia de Medellín de 1968, cuyas conclusiones marcaron profundamente el rumbo de amplios sectores de la Iglesia latinoamericana. Convocada con el propósito explícito de aplicar el Concilio Vaticano II a la realidad continental, esta asamblea episcopal centró su atención en las condiciones históricas de América Latina, caracterizadas por profundas desigualdades sociales, interpretadas crecientemente en términos estructurales. En efecto, los documentos finales subrayan la necesidad de una Iglesia comprometida con la promoción de la justicia, la dignidad humana y la transformación de las condiciones sociales, situando la cuestión de la pobreza en el centro de la reflexión pastoral.

Es preciso expresar que los lineamientos marcados por la Conferencia Episcopal Latinoamericana, están redactado de tal manera que, se hace imperioso el análisis meticuloso de sus declaraciones a fin de detectar las desviaciones teológicas, filosóficas y políticas que en los mismos se plantean, pues la convulsión política e intelectual, circunstancia condicionó profundamente tanto su lenguaje como sus categorías interpretativas. Precisamente por ello, dichos documentos exigen un análisis meticuloso y doctrinalmente riguroso, capaz de distinguir entre los elementos legítimos de la doctrina social católica y aquellas formulaciones ambiguas que facilitaron posteriores reinterpretaciones ideológicas. El problema reside tanto en determinadas afirmaciones explícitas, como también en la incorporación de conceptos abiertos a una lectura sociologizante de la misión de la Iglesia, donde el riesgo de reducir el orden sobrenatural a categorías históricas y económicas se vuelve evidente.

En efecto, numerosos textos postconciliares adoptaron terminologías vinculadas a la “liberación”, la “concientización”, el “cambio estructural” o la “violencia institucionalizada”, expresiones que, aunque susceptibles de interpretación legítima dentro de la tradición católica, fueron progresivamente absorbidas por sectores influenciados por el marxismo. no obstante, no permaneces ocultos para el genio del Card. Joseph Ratzinger:

“La teología de la liberación es un fenómeno extraordinariamente complejo: abarca desde las posiciones más radicalmente marxistas hasta aquellas otras que plantean el lugar apropiado de la necesaria responsabilidad del cristiano respecto a los pobres y a los oprimidos en el contexto de una correcta teología eclesial, como han hecho los documentos del CELAM (la Conferencia Episcopal Latinoamericana) desde Medellín hasta Puebla. En este texto vamos a utilizar el concepto de "teología de la liberación" en una acepción más restringida: una acepción que comprende solamente a aquellos teólogos que de alguna manera han hecho propia la opción fundamental marxista. Incluso en este campo restringido existen todavía muchas diferencias de unos a otros, en las que resulta en este imposible adentrarse en esta reflexión general. En este con texto sólo puedo intentar poner en claro algunas líneas fundamentales que, sin desconocer sus diversos orígenes, se han difundido ampliamente y ejercen una cierta influencia aun donde no se ha producido una teología de la liberación en sentido estricto.”[2]

El problema adquirió una dimensión orgánica cuando una fracción del clero comenzó a operar sobre una lectura ideologizada de la encíclica Populorum Progressio del Papa Pablo VI. El texto pontificio, inscripto en la tradición de la doctrina social de la Iglesia, proponía un desarrollo integral del hombre, subordinado a su destino trascendente, y advertía explícitamente contra las soluciones de cuño materialista. Sin embargo, ciertos sectores clericales procedieron a una hermenéutica reductiva: despojaron el documento de su eje sobrenatural y lo releyeron en clave de conflicto estructural, aproximándolo a categorías propias del análisis marxista.

“Los cristianos tienen el deber de mostrar que el verdadero socialismo es el cristianismo integralmente vivido, en el justo reparto de los bienes y la igualdad fundamental de todos.”[3]

Esta desviación cristalizó en redes concretas de sociabilidad sacerdotal. Desde el litoral argentino, con focos iniciales en ámbitos pastorales fuertemente politizados, se proyectó hacia otros centros urbanos, particularmente Buenos Aires, Mendoza (donde operó el llamado “grupo de los 27”), Santa Fe y Córdoba. En estos núcleos se configuró progresivamente el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), cuya praxis se articuló en torno a un programa de denuncia social que, en no pocos casos, terminó subordinando el anuncio evangélico a categorías socioeconómicas, políticas, e incluso en la participación activa de sacerdotes en agrupaciones terroristas tales como Montoneros, ERP, entre otros.

Algunos de los que formaban parte del M.S.T.M., sí tenían contactos o al menos tuvieron, con miembros del movimiento montonero. El Padre Carlos Mugica, y Alberto Carbone, fueron los asesores espirituales de algunos estudiantes del Nacional Buenos Aires, entre ellos estaban, Mario Firmenich, Carlos Gustavo Ramus y Abal Medina.”[4]

La cuestión central no radica en la legítima preocupación por la justicia que la Iglesia siempre sostuvo, sino en la sustitución del orden teológico por un esquema ideológico. En efecto, la Teología de la Liberación, que sirvió de marco doctrinal para amplios sectores del MSTM, introdujo una inversión metodológica: partió de la praxis histórica entendida como lucha de clases y, desde allí, reinterpretó la Revelación. Este procedimiento implica un quiebre con la epistemología teológica clásica, en la cual la fe, recibida y transmitida por la Iglesia, constituye el principio formal del conocimiento teológico.

Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres”[5]

El propio texto de Populorum Progressio contiene elementos que desautorizan esa deriva. Pablo VI advierte con claridad: “Las ideologías que conducen a la violencia y a la supresión de la libertad no pueden ser aceptadas por el cristiano” (Pp, n. 31). Asimismo, subraya que el desarrollo auténtico “no se reduce al simple crecimiento económico”, sino que debe orientarse “al progreso de todo el hombre y de todos los hombres” (Pp, n. 14). Estas afirmaciones excluyen cualquier asimilación del mensaje cristiano a un proyecto revolucionario de matriz materialista.

La llamada de atención de Pablo VI sigue siendo hoy plenamente actual: a través del marxismo, tal como es vivido concretamente, se pueden distinguir diversos aspectos y diversas cuestiones planteadas a los cristianos para la reflexión y la acción. Sin embargo, « sería ilusorio y peligroso llegar a olvidar el íntimo vínculo que los une radicalmente, aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista dejando de percibir el tipo de sociedad totalitaria a la cual conduce este proceso”[6]

El MSTM, al adoptar categorías de análisis propias del marxismo, dependencia estructural, alienación, praxis liberadora entendida como transformación revolucionaria, incurrió en una confusión de órdenes. El plano de la redención sobrenatural fue desplazado por una expectativa inmanente de liberación histórica. Tal desplazamiento no es menor: altera la noción misma de salvación, que en la tradición católica remite a la gracia y a la vida eterna, no a la mera reorganización de las estructuras económicas.

La crítica magisterial posterior confirmó esta evaluación. La Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el pontificado de Juan Pablo II, en la instrucción Libertatis Nuntius (1984), señaló que ciertas versiones de la Teología de la Liberación “recurren, de manera insuficientemente crítica, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista”, lo cual conduce a “una reinterpretación radical del mensaje cristiano”. Este juicio no hace sino explicitar lo que ya estaba implícito en la doctrina social precedente: la incompatibilidad entre el materialismo dialéctico y la antropología cristiana.

El Manifiesto de los 18 Obispos del Tercer Mundo

La conformación del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo encuentra uno de sus antecedentes inmediatos en el denominado Manifiesto de los 18 Obispos del Tercer Mundo, publicado en 1967. El documento alcanzó amplia circulación en ambientes eclesiásticos latinoamericanos y fue recibido por numerosos sectores clericales como una legitimación de nuevas formas de intervención pastoral vinculadas a la problemática social y política del continente.

El texto partía de la existencia de profundas desigualdades económicas entre las naciones industrializadas y los países periféricos. La denuncia de situaciones de pobreza, dependencia y explotación no resultaba extraña a la doctrina social de la Iglesia. Desde León XIII en adelante, el Magisterio había desarrollado una reflexión continua sobre la cuestión obrera, la justicia social y la responsabilidad moral de las naciones. Sin embargo, en el contexto latinoamericano de las décadas de 1960 y 1970, tales preocupaciones comenzaron a ser reinterpretadas mediante categorías provenientes del análisis marxista.

La recepción del documento en la Argentina se produjo en un marcado clima signado por la radicalización política, la expansión de movimientos revolucionarios y la creciente influencia de corrientes de izquierda en sectores universitarios y eclesiales. Es asi como en amplios sectores del clero interpretaron el compromiso social de la Iglesia desde parámetros predominantemente temporales. El sacerdote dejó de ser concebido prioritariamente como ministro del orden sobrenatural para asumirse, en numerosos casos, como agente de transformación política.

Dentro del escrito de Mónica Mangione “El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo” se muestran los nombres de todos los adhirieron al documento de los 18 Obispos:

“Lista de sacerdotes que adhirieron al mensaje de los 18 obispos del Tercer mundo:  Avellaneda: Luis Barbero, Alberto Ballerini, Vicente R. Berardo, Pedro Burguete, Francisco Huidobro, Juan Loison, Luis Ángel Farinello, Pedre González, Andrés Lanzón, Luis Maidana, Eliseo Morales, Santiago O’ Farrel, Pedro Olhagaray, Juan Prevost, Luis Emilio Sánchez, Gabriel Vantajol, Oscar Varela.

Azul: Marcos Alijarde, Jesús María Baretto, Hugo Batelli, Miguel L. Beratz, José Alejandro Borsa, Omar Dinelli, Marino Giampetruzzi, José Giordo, Miguel E. Hesayne, , Isidro O. Marchueta, Emir A. Márquez, Elías Musse, Jorge R. Quin, Pedro Rocca, Bartolomé Peri, Bernabé Pérez, Juan R. González.

Bahía Blanca: Javier Jordán.

Buenos Aires: Manuel Artides, Horacio Benites, Alfredo Beranger, Bogdan Billi, Héctor Hugo Blanes, Héctor Botán, Domingo Bresci, Claudio S. Calviño, Alberto F. Carbone, Nello Constantini, Carlos Cumarianos, Juan Carlos de Bonis, Julio de Gregorio, Telmo de Laurenti, Enrique Evangelista, Rodolfo M. Ferrari, Héctor Ferreiros Lucio Gera, Jorge Giordano, Jorge A. Gómez, Modesto González, Roberto Lella, Francisco Mascilino, Alejandro Mayol, Roberto Mikolaitis, Oscar Minuto, Carlos Mugica, Osvaldo Musto, Jorge Pascale, Miguel Ramondetti, Pascual Recio, Emilio Riamonde, Rodolfo Ricciardelli, Jorge Rodríguez Elizalde, Juan José Rosso, Pedro P. San Martín, Osvaldo Santagada, Alberto Scarella, Engelberto Schroh, Jorge Vernazza, Walter Simonetti, Pedro Swinnen, Alfredo B. Trusso, Antoño T. Valiño, Francisco Veneziale, Luis Villalba, Rafael Villodres.

Concordia: Silverio Rauch, Jorge F. Rauch.

Córdoba: Felipe D’Antona, José R. Echeverría González, Nelson Dellaferrera, José A. Fernández, Carlos A. Fugante, José Gaido, Justo Hilario Irazábal, Abdon Layus, José C. Mariani, Elmer Miani, Nagib J. Nasser, Humberto Mariani, Gustavo Ortiz, Miguel Viscavich, Luis Eduardo Zorzín.

Corrientes: Gabino Casco, Raúl Marturet, Belisario Tiscornia. Formosa: Benito A. López.

Goya (Corrientes): Víctor Arroyo, Damián Borda, Erasmo Martínez, Roberto Martínez, Agustín Mho, Daniel Spilere, Jorge Torres, Orlando Vallejos, Adolfo Verón, Julián Zini. Gualeguaychú: Pascual Rodríguez.

La Pampa: Xavier Bartolet. La Rioja: Martín H. Gómez, Carlos Julio Guzmán, Juan Aurelio Ortíz, Francisco Solano Díaz, Esteban Inestal.

Lomas de Zamora: Adalberto Aguirre, Bartolomé Cañas, Carlos Roberto Catani, Francisco de Vos, Pedro Fagoaga, Favio Ioris, Javier Martín, Bartolomé Mohedano, Félix Montalvo, Absalón Quinto Serrano, Juan Walter.

Mar del Plata: Pedro Alburúa, Alfredo Ardanaz, Pedro Ayestarán, Jesús Borlandelli, Francisco Bretones, Francisco Peñalba, Rafael Tallerico.

Mendoza: Oscar Bracellis, Rolando Concatti, Rodolfo Ema, Jorge V. Muñoz, Agustín Totera, Carlos Pujol. Morón: Humberto Cherasco, José Piguillén, Osvaldo Remón, Eduardo Rodriguez, Gianfranco Vivaldi, José Alcántara, Ricardo Artacho, F. Fernández, Raúl Trotz, Raúl Vila.

9 de Julio: Carlos A. Mullins, Ignacio Rivas, Ramón CASANOVAS.

Paraná: Luciano Beretta, Rosendo Cocco, Juan Carlos de Zan, Amadeo Ismael Dri, Roberto Fariña, René Garré, Juan Carlos Gorosito, Gregorio Kuhm, Raúl Molaro, Pedro Roveda.

Reconquista: Héctor Beltrán, José Clavel, Francisco D’Alteroche, Esteban de Quirini, Antonio Echave, Eligio Giacomozzi, Germán Godalli, Fernando Maldonado, Jeremías Masín, Jorge Mussin, Enrique Nardelli, Mario Greca, Arturo Paoli, Antonio Pergolesi, Agustín Poier, Ernesto Spontón, Martín Spontón, Luis Spontón, Ángel Tibaldo, Armando Yacuzzi, Rafael Yacuzzi.

Resistencia: Benito Álvarez González, Jorge Rubén Bellini, Umberto Cuberli, Rubén Dri, José Velo Nieto.

Río Cuarto: Carlos Pérez Zavala.

Río Negro: Juvenal Curulef, Rubén Rueda.

Rosario: Lorenzo Alegría, Florentino Andreu, Juan Carlos Arroyo, Rinaldo Bredice, Agustín Campmajo, Néstor García, Santiago Mc. Guirre, Eduardo Mure, José Oldani, Juan José Palomino, Francisco Parenti, Hilario Parolo, Julio Pecci Salido, Tomás Santidrián, Isidoro Toledano.

Salta: Roberto Corvalán.

San Isidro: Francisco Adamo, Juan Carlos Angolani, Harvey J. Balllance, Miguel Catarineu, Francisco Ciancio, Aníbal Coerezza, Gonzalo Gigena, José María Jaime, Jesús F. Naves, Emilio Parajón Posada, Leopoldo Pooli, Francisco Suáres, Pablo R. Tissera, Joaquín Fernández, Luis M. Tridenti, José Ramón Villa, Tomás Von Schulz.

San Martín: Gustavo Rey, Vicente Rurría.

San Nicolás: Marciano Alba, Eugenio de la Cruz, José Karamán, Osvaldo Guildi, Ángel Zaragoza.

Santa Fe: Carlos Aguirre, Elvio Alberga, Luis Amezaga, José María Bohedo, Celestino Bruna, Ángel Colombo, Osvaldo Catena, Victorio Di Salvatore, Edelmiro Gasparotto, José Gasser, Eladio Giovannini, Ernesto Leyendecker, Atilio Rosso, Severino Silvestri, René T. Trossero, Edgardo Juan Trucco, Cirilo V. Zenclusen, José M. Serra.

Tucumán: Francisco Albornoz, Manuel Ballesteros, Roque Ricardo Carmona, Amado Dip, Fernando Fernández Ruiz, Oscar Giaccone, Federico Lagarde, Julio César Rodríguez, Raúl Sánchez, Juan Urbano, W. Villalobos, Pedro Wurschmidt.

Villa María: Ángel Pedro Conrero.

Jesuitas: Amado Anzi, José Balista, Fernando Boasso, José María Casabó, Santiago Francisco Jalics, Jacinto Luzzi, Alberto J. Sily, Ignacio Vicentini, Manuel Virazoro.

Lazaristas: Antonio Ayala, Severino Croatto, Tomás Gutiérrez, Víctor Morra, Reinaldo Conforti. O.F.M.: José Alejandro Desecar.

Redentorista: Alfredo Ozzi.

A las primeras 270 firmas se añadieron en la lista 22 más que llegaron casi simultáneamente.”[7]

La pobreza comenzó a ser interpretada como consecuencia exclusiva de estructuras económicas cuya superación requeriría transformaciones revolucionarias. La misión evangelizadora quedó subordinada, en numerosos casos, a objetivos de carácter político y social.

Esta orientación implicó una alteración del orden teológico tradicional. La doctrina católica enseña que la liberación fundamental del hombre es la liberación del pecado, raíz última de toda injusticia. Cuando esta dimensión sobrenatural es desplazada y sustituida por una concepción exclusivamente histórica de la redención, el cristianismo termina reducido a programa de emancipación temporal. La gracia cede lugar a la praxis; la salvación se identifica con la transformación de las estructuras; el Reino de Dios se aproxima a una construcción intrahistórica.

La crítica formulada posteriormente por la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo la dirección de Joseph Ratzinger esclareció el núcleo doctrinal del problema. La instrucción Libertatis Nuntius señaló que la utilización de categorías marxistas dentro de la reflexión teológica comportaba una incompatibilidad estructural con la fe cristiana, dado que tales categorías derivan de una concepción materialista y conflictiva de la historia.

A la luz de estos elementos, tanto la Segunda Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) como el Manifiesto de los 18 Obispos del Tercer Mundo pueden ser considerados uno de los antecedentes intelectuales que favorecieron la expansión del tercermundismo eclesial en América Latina. En el caso específico del segundo documento, no constituyó, en sí mismo, una formulación doctrinal formalmente heterodoxa; sin embargo, su recepción y reinterpretación en determinados ámbitos facilitaron la penetración de categorías ideológicas extrañas a la tradición católica.

Las consecuencias de este proceso resultaron visibles en distintos niveles de la vida eclesial argentina. La politización del clero, las tensiones doctrinales en los seminarios y la progresiva redefinición del ministerio sacerdotal fueron algunas de sus manifestaciones más evidentes. El caso del Seminario de Paraná y el posterior “éxodo paranaense” constituyen expresiones concretas de una crisis cuya raíz excedía el plano disciplinar y remitía directamente al problema de la transmisión íntegra de la fe.  Sectores del clero vinculados al MSTM terminaron legitimando de modo directo o indirecto opciones revolucionarias, erosionando la unidad eclesial y generando una profunda confusión entre los fieles. La predicación se politizó; la liturgia se instrumentalizó; la figura sacerdotal se redefinió en clave de militancia.

En consecuencia el fenómeno puede interpretarse como una crisis de recepción del magisterio. No se trató de un “exceso de celo social”, sino de una alteración en los criterios de interpretación de los textos pontificios. Allí donde la Iglesia propone principios —dignidad de la persona, bien común, subsidiariedad—, el MSTM tendió a absolutizar un esquema conflictivo que, por su propia lógica, desemboca en la confrontación.

Conviene, por tanto, restituir el sentido auténtico de Populorum Progressio: una llamada a la responsabilidad moral de las naciones y de los individuos, fundada en la ley natural y elevada por la caridad cristiana. Desligar ese llamado de su fundamento teológico equivale a vaciarlo de contenido y a convertirlo en instrumento de agendas ajenas a la tradición católica.

La Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, promulgada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe bajo la guía de Joseph Ratzinger, establece con precisión el núcleo del error. Allí se advierte que ciertas corrientes teológicas, al servirse de categorías marxistas, introducen en la reflexión cristiana elementos “difícil, e incluso imposible, de purificar de una inspiración ideológica incompatible con la fe”. La gravedad de esta afirmación no admite matices: no se trata de un simple desvío metodológico, sino de una incompatibilidad estructural. El marxismo no es una herramienta neutral; comporta una antropología materialista, una concepción conflictiva de la historia y una negación implícita del orden sobrenatural.

“En el caso del marxismo, tal como se intenta utilizar, la crítica previa se impone tanto más cuanto que el pensamiento de Marx constituye una concepción totalizante del mundo en la cual numerosos datos de observación y de análisis descriptivo son integrados en una estructura filosófico-ideológica, que impone la significación y la importancia relativa que se les reconoce. Los a priori ideológicos son presupuestos para la lectura de la realidad social. Así, la disociación de los elementos heterogéneos que componen esta amalgama epistemológicamente híbrida llega a ser imposible, de tal modo que creyendo aceptar solamente lo que se presenta como un análisis, resulta obligado aceptar al mismo tiempo la ideología. Así no es raro que sean los aspectos ideológicos los que predominan en los préstamos que muchos de los «teólogos de la liberación» toman de los autores marxistas.”[8]

En efecto, la teología de la liberación —en sus formas desviadas— invierte el orden de los fines. La doctrina católica enseña que la liberación fundamental es la liberación del pecado; las demás formas de opresión encuentran en éste su raíz última. Cuando se desplaza este principio y se absolutiza la dimensión socioeconómica, el cristianismo se reduce a un programa de transformación histórica. La redención se confunde con la revolución; la gracia es sustituida por la praxis; el Reino de Dios se identifica con una utopía intrahistórica. Este proceso no constituye una simple exageración pastoral, sino una mutación doctrinal que altera la sustancia misma del mensaje evangélico.

“La inversión de los símbolos se constata también en el campo de los sacramentos. La Eucaristía ya no es comprendida en su verdad de presencia sacramental del sacrificio reconciliador, y como el don del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Se convierte en celebración del pueblo que lucha. En consecuencia, se niega radicalmente la unidad de la Iglesia. La unidad, la reconciliación, la comunión en el amor ya no se conciben como don que recibimos de Cristo. La clase histórica de los pobres es la que construye la unidad, a través de su lucha. La lucha de clases es el camino para esta unidad. La Eucaristía llega a ser así Eucaristía de clase. Al mismo tiempo se niega la fuerza triunfante del amor de Dios que se nos ha dado.”[9]

El MSTM, en el contexto argentino, encarnó esta deriva. Su discurso adoptó progresivamente categorías propias del marxismo, reinterpretando la pobreza no como una realidad que interpela a la caridad cristiana, sino como resultado exclusivo de estructuras económicas cuya superación exigiría una transformación radical del orden social. De este modo, el sacerdote deja de ser ministro del sacrificio redentor para convertirse en agente de cambio político. La consecuencia inmediata fue la politización del clero y la erosión de la identidad sacerdotal.

Existe, además, un aspecto que rara vez se examina con el rigor requerido: la inconsistencia interna del discurso decolonial de raíz eminentemente marxista. Aquellos sectores que proclaman la emancipación del “yugo europeo” terminan, en no pocos casos, adoptando categorías conceptuales que no sólo son ajenas a la tradición hispanoamericana, sino que además fueron sistematizadas en el ámbito intelectual europeo, y posteriormente difundidas, reinterpretadas y radicalizadas en experiencias políticas extraeuropeas, particularmente en el espacio soviético y maoísta. La paradoja es evidente: se rechaza una herencia cultural concreta, mientras se asimila acríticamente un aparato teórico forjado en la misma matriz civilizatoria que se pretende impugnar.

En este sentido, la recepción latinoamericana de la Teología de la Liberación debe ser analizada no como un fenómeno autóctono en sentido estricto, sino como el resultado de una transferencia ideológica. Dicha transferencia se produce en un contexto geopolítico específico: mientras en Europa oriental, sometida a regímenes de inspiración marxista, se verificaba una experiencia directa de las consecuencias del materialismo dialéctico, en América Latina esas mismas categorías ingresaban desprovistas de la memoria histórica de sus efectos concretos. La distancia respecto del “epicentro” de aplicación permitió que tales esquemas fueran percibidos como instrumentos de análisis o incluso como vías de redención social, sin la carga crítica que su praxis había suscitado en otros contextos.

La observación de Carlos Zarada resulta particularmente elocuente al respecto. Señala:

 “Esta sedicente teología, las que hace suyas las posiciones marxistas, no es por cierto un fenómeno del Este europeo, donde no hay peligro de experimentar la tentación de convertirse a las posiciones de una ideología impuesta por la fuerza, y donde la gente conoce en propia piel la tragedia de una sociedad que ha intentado, si, una liberación, pero de Dios. “Mas aùn, en algunos países del Este- afirma con coraje el Cardenal- parece surgir la idea de una “Teologìa de la Liberacion” pero como liberación del marxismo (p200) por eso, agrega, la fe esta al reparo en el Este, donde es oficialmente perseguida. En el plano doctrinal no tenemos casi ningún problema con el catolicismo en aquellas zonas.” [10]

El fenómeno continuó extendiéndose a través del litoral argentino, región donde las corrientes tercermundistas encontraron un ámbito particularmente receptivo debido al clima político, universitario y eclesial de la época. La difusión de estas ideas comenzó a penetrar progresivamente en las estructuras de formación sacerdotal, afectando directamente uno de los espacios más sensibles para la continuidad doctrinal de la Iglesia: el seminario.

La cuestión adquiría una gravedad marcada, puesto que ya no se trataba únicamente de sacerdotes influidos por categorías ideológicas externas, sino de la transmisión de esas concepciones a las futuras generaciones del clero. Allí donde el seminario debía constituirse como ámbito de formación doctrinal, ascética y espiritual, comenzaron a introducirse lecturas teológicas marcadas por criterios sociológicos y políticos. La centralidad de la vida sobrenatural fue gradualmente desplazada por preocupaciones de carácter temporal; la figura del sacerdote tendió a redefinirse más como agente de transformación social que como ministro del sacrificio redentor y custodio de la fe.

El influjo de la Teología de la Liberación y del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo comenzó a hacerse visible en uno de los centros de formación más relevantes de la Argentina: el Seminario de Paraná, conducido bajo el episcopado de Mons. Adolfo Tortolo. La instituciónempezó a experimentar tensiones internas que reflejaban el conflicto más amplio que atravesaba a la Iglesia latinoamericana en los años posteriores al Concilio.

Las categorías introducidas por las corrientes progresistas alteraron progresivamente el equilibrio formativo. La teología perdió centralidad frente a enfoques de carácter sociopolítico; la vida espiritual comenzó a relativizarse en nombre de una pastoral “comprometida”; la obediencia y la disciplina eclesiástica fueron cuestionadas bajo criterios de horizontalidad y contestación. De este modo, el seminario dejó de ser únicamente un lugar de formación sacerdotal para convertirse también en escenario de disputa doctrinal.

Mientras en Europa oriental el marxismo había revelado su incompatibilidad con la fe a través de la persecución abierta y el ateísmo de Estado, en América Latina esas mismas categorías penetraban bajo formas pastorales y aparentemente evangélicas. La diferencia no era menor: allí donde la persecución fortalecía la claridad doctrinal, la infiltración ideológica producía confusión interna.

El caso del Seminario de Paraná constituye, precisamente, una de las expresiones más elocuentes de esta crisis. La tensión entre fidelidad doctrinal y reinterpretación ideológica alcanzó tal magnitud que desembocó en un episodio de enorme trascendencia para la historia eclesiástica argentina: el denominado “éxodo paranaense”, mediante el cual numerosos seminaristas decidieron abandonar la institución en busca de una formación plenamente conforme a la tradición doctrinal de la Iglesia.

El Seminario de Paraná y la crisis de la formación sacerdotal

Este fenómeno tuvo un impacto particularmente grave en los ámbitos de formación. El Seminario de Paraná, uno de los centros más importantes del país, se vio atravesado por tensiones doctrinales que reflejaban el conflicto más amplio que afectaba a la Iglesia. Bajo el gobierno de Mons. Adolfo Tortolo, se intentó preservar la integridad de la formación sacerdotal; sin embargo, la presión ideológica y la difusión de corrientes progresistas generaron un clima de inestabilidad creciente. La disciplina se debilitó, la claridad doctrinal se volvió difusa y la formación espiritual comenzó a resentirse.

En este caso, los seminaristas de Paraná expresan su preocupación por la situación en su seminario de origen, destacando una relajación en lo religioso y litúrgico que, según su testimonio, habría afectado su formación y su camino hacia el sacerdocio.

“Nuestra actitud no se debe a un espíritu de rebeldía o de contestación, sino a la necesidad de continuar recibiendo una formación que consideremos legítima y plenamente conforme a las orientaciones del Santo Padre acerca del sacerdocio. Buscamos la claridad en la doctrina de la fe, y un ambiente donde resulten posibles el estudio serio y la oración. Sabemos que en ello se juega nuestra vocación sacerdotal que, a pesar de todas estas pruebas, se encuentra hoy más firme que nunca. Nos duele inmensamente dejar nuestra Arquidiócesis, pero queremos ser sacerdotes para la Iglesia universal, y tal como ella los quiere. No buscamos satisfacer nuestros caprichos, tampoco la facilidad ni la comodidad. Nos cuesta alejarnos de nuestra tierra y de nuestras familias, aun cuando ellas comprenden y nos apoyan. Las condiciones de vida en San Rafael son más duras, y la carencia de medios nos obliga a vivir una pobreza que no conocimos en Paraná. Pero aquí encontramos todas las posibilidades para realizar plenamente aquella entrega generosa que el Señor nos pide.-“[11]

En ese contexto se produjo el denominado el “éxodo paranaense”: un grupo numeroso de seminaristas, deseosos de permanecer fieles a la doctrina tradicional de la Iglesia, decidió abandonar el seminario ante la imposibilidad de recibir una formación íntegra. Este hecho, lejos de ser un episodio aislado, constituye un síntoma elocuente de la crisis. Cuando los futuros sacerdotes se ven obligados a emigrar para conservar la tradición, el problema ha alcanzado una profundidad estructural.

Mons. León Kruk y la restauración del orden formativo: El Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios y la Congregación del Instituto del Verbo Encarnado IVE

La respuesta a esta situación adoptó la forma de una reconstrucción concreta. Aquí se impone la figura de Mons. León Kruk, cuya acción pastoral debe ser comprendida en continuidad con la tradición episcopal clásica. Formado en la austeridad, profundamente arraigado en la doctrina y dotado de una notable firmeza de carácter, Kruk asumió su misión con una claridad poco frecuente en tiempos de confusión.

La acogida de los seminaristas provenientes de Paraná constituyó una decisión de enorme relevancia eclesial. Implicaba, de hecho, asumir públicamente una postura frente a la crisis doctrinal que atravesaba parte del clero argentino. La designación de Alberto Ezcurra Medrano dentro de la estructura formativa reforzó todavía más esa orientación doctrinal.

“Abrió el seminario aceptando todo el éxodo paranaense, con lo que significaba para todo el episcopado. Y no solo eso ¡Haber aceptado a un personaje tan emblemático como Ezcurra y ponerlo como rector! Veía la valía de Ezcurra y no le importó nada lo que dijeran los demás obispos”[12]

La enseñanza del Magisterio sobre el ministerio episcopal resulta iluminadora: el obispo debe ser maestro de la fe, custodio de la doctrina y guía de su grey, una responsabilidad eminentemente sobrenatural. En este sentido, la actuación de Mons. Kruk se distingue por su coherencia: frente a la disgregación doctrinal, ofreció un ámbito de formación sólido; frente a la ambigüedad, claridad; frente a la presión ideológica, fidelidad.

El arribo de los seminaristas provenientes de Paraná al ámbito de su jurisdicción fue el inicio de una experiencia formativa que se convertiría en referencia. El seminario impulsado por Mons. Kruk adquirió progresivamente el carácter de una verdadera fortaleza doctrinal. Allí se restablecieron los principios fundamentales de la formación sacerdotal: centralidad de la vida espiritual, primacía de la teología tradicional, disciplina eclesiástica y fidelidad al Magisterio.

El seminario impulsado bajo la conducción de Kruk adquirió progresivamente el carácter de un centro de reconstrucción doctrinal. Allí se restablecieron principios fundamentales de la formación sacerdotal: primacía de la vida espiritual, centralidad de la teología dogmática, disciplina eclesiástica y fidelidad al Magisterio.

La repercusión social que produjo su conducción diocesana era como si el enemigo viese que se estaba formando un frente de batalla muy grande al que deberían prepararse a combatir. Y así fue, la mejor forma de la que se valía el enemigo era tergiversar lo más que podían para minimizar la revolución de la fe que se estaba produciendo. Los constantes ataques motivaron varias veces que el león misiónense intentara desistir, en una de las renuncias que Monseñor le entregó al posterior santo polaco le expresaba[13]

La personalidad del propio Kruk explica, en gran medida, el éxito de esta empresa. Su vida, marcada por la pobreza, el sacrificio y la austeridad, se tradujo en una forma de gobierno que rechazaba todo acomodo al espíritu del mundo. Su defensa de la doctrina respondía a una convicción profunda: la verdad revelada no admite negociación. Su claridad resultó incómoda para algunos, pero necesaria para la Iglesia.

El contraste entre el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) y la obra de León Kruk adquiere plena inteligibilidad cuando se establece la relación causal entre ambos procesos. No se trata de fenómenos paralelos, sino de una secuencia histórica en la que la expansión del primero generó las condiciones de crisis que el segundo debió enfrentar y, en parte, revertir.

En efecto, la difusión de la Teología de la Liberación, con especial intensidad en el litoral argentino, introdujo en la formación clerical y en la praxis eclesial categorías que alteraron el equilibrio doctrinal. Este proceso no permaneció en el plano teórico: tuvo consecuencias institucionales concretas. En el caso del Seminario de Paraná la penetración de estas corrientes, sumada a la polarización ideológica del clero joven, derivó en el llamado “éxodo paranaense”, fenómeno que desarticuló, debilitó la disciplina eclesiástica y puso en cuestión los criterios de formación sacerdotal. La crisis del seminario no puede comprenderse sin esta presión ideológica que, bajo el pretexto de una renovación pastoral, terminó erosionando los fundamentos mismos de la identidad sacerdotal.

Es en este contexto donde la figura de Mons. Kruk adquiere relieve histórico. Durante su desempeño como vicario bajo el episcopado de Francisco Vicentín, en la diócesis de Corrientes, debió confrontar directamente con sectores clericales adheridos a postulados tercermundistas.

La acción de Mons. León Kruk se orientó a restablecer criterios de discernimiento teológico frente a una tendencia que tendía a politizar la misión sacerdotal y a redefinirla en términos de militancia.

Ahora bien, este posicionamiento no excluye un dato que exige una lectura matizada. En los años comprendidos entre 1965 y 1970, el entonces sacerdote Kruk figura como firmante de una carta dirigida al gobernador de Corrientes[14], junto a otros sacerdotes, algunos de ellos identificados con el tercermundismo, y diversas agrupaciones políticas, sindicales y universitarias, en la que se denunciaba la grave situación social, económica y política de la provincia. Este episodio no puede interpretarse como adhesión doctrinal a las tesis del MSTM. Antes bien, debe ser comprendido en el plano de la doctrina social de la Iglesia: la denuncia de situaciones de injusticia objetiva constituye un deber moral que no implica, de suyo, la aceptación de los marcos ideológicos de quienes comparten coyunturalmente ese reclamo.

La distinción es sustantiva. Mientras el MSTM tendía a integrar la denuncia social dentro de un esquema interpretativo de raíz marxista subordinando la teología a la praxis política, la intervención de Kruk se inscribe en una lógica diversa: el reconocimiento de una realidad crítica que exige respuesta, sin por ello comprometer la integridad doctrinal. Esta diferencia de enfoque explica por qué, pese a coincidencias circunstanciales en determinados pronunciamientos, su trayectoria posterior se caracterizó por una firme oposición a las derivas ideológicas del tercermundismo.

De este modo, la relación entre ambos polos queda claramente establecida. La expansión del MSTM y de la Teología de la Liberación generó un clima de inestabilidad doctrinal e institucional que se manifestó, entre otros ámbitos, en la crisis del Seminario de Paraná. La acción de Mons. León Kruk, desarrollada en ese mismo horizonte temporal, constituye una respuesta eclesial orientada a la restauración del orden teológico y disciplinar. Incluso sus intervenciones en el ámbito social, como la firma de la mencionada carta, deben leerse a la luz de esta coherencia: lejos de implicar una asimilación ideológica, revelan la posibilidad de articular compromiso social y fidelidad doctrinal sin reducir uno al otro.

La interpretación histórica, por tanto, no puede limitarse a la contraposición abstracta entre “progresismo” y “tradición”. Debe atender a las mediaciones concretas: cómo determinadas corrientes influyeron en instituciones específicas, cómo generaron crisis verificables y cómo, en ese mismo proceso, emergieron figuras que, como Mons. Kruk, actuaron desde la restitución de principios permanentes. En esa dinámica se comprende la verdadera naturaleza del episodio: un conflicto en torno a la inteligencia misma de la fe y a sus condiciones de transmisión.

Conclusión

El proceso eclesial argentino desarrollado entre las décadas de 1960 y 1980 no puede explicarse únicamente desde variables disciplinarias, pastorales o generacionales. La crisis que atravesaron amplios sectores de la Iglesia tuvo una raíz doctrinal definida: la incorporación de categorías ideológicas incompatibles con la estructura teológica del catolicismo. El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo constituyó una de las expresiones más visibles de esta transformación en el ámbito argentino.

La cuestión social, presente de modo orgánico en el Magisterio desde León XIII, comenzó a ser reinterpretada a partir de esquemas de análisis derivados del marxismo. La pobreza dejó de ser considerada prioritariamente como una realidad moral vinculada al desorden del hombre y de las estructuras sociales para ser explicada casi exclusivamente desde la lógica del conflicto económico. El desplazamiento no fue menor. Allí donde la doctrina católica subordinaba la cuestión temporal al orden sobrenatural, las corrientes tercermundistas tendieron a invertir dicha relación, otorgando primacía a la transformación histórica sobre la dimensión salvífica del cristianismo.

Las advertencias formuladas por la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo la dirección de Joseph Ratzinger adquieren, en este contexto, particular relevancia. El marxismo no constituye un simple instrumento metodológico susceptible de utilización parcial, sino una concepción integral fundada sobre presupuestos materialistas. Su incorporación al discurso teológico produjo consecuencias precisas: reinterpretación política de la redención, subordinación de la doctrina a la praxis y reducción progresiva de la trascendencia cristiana a categorías intrahistóricas.

El caso del Seminario de Paraná permite observar las consecuencias concretas de este proceso. La penetración de corrientes progresistas y tercermundistas alteró los criterios tradicionales de formación sacerdotal. La centralidad de la vida espiritual, el rigor doctrinal y la disciplina eclesiástica comenzaron a debilitarse frente a perspectivas de carácter predominantemente sociopolítico. El denominado “éxodo paranaense” expresa, con claridad singular, la profundidad de la crisis. La emigración de seminaristas en búsqueda de una formación doctrinalmente estable revela que el conflicto había alcanzado el núcleo mismo de la transmisión sacerdotal.

Dentro de este cuadro histórico, la figura de León Kruk adquiere relieve particular. Su actuación no respondió a criterios coyunturales ni a simples preferencias pastorales. La acogida de los seminaristas provenientes de Paraná y la reorganización de un ámbito formativo centrado en la doctrina, la disciplina y la vida espiritual implicaron una reafirmación concreta del modelo sacerdotal clásico. Frente a la politización creciente del clero, Kruk sostuvo la primacía del orden sobrenatural y la centralidad de la misión sacerdotal como servicio a la verdad revelada.

La importancia de su acción reside también en otro aspecto. Su oposición a las derivas ideológicas del tercermundismo no implicó indiferencia frente a la cuestión social. La participación en reclamos vinculados a la situación de Corrientes durante su etapa como sacerdote demuestra precisamente lo contrario. Sin embargo, en su caso, la denuncia de situaciones injustas permaneció subordinada a la doctrina social católica y no derivó en la adopción de categorías revolucionarias. Esta distinción resulta indispensable desde el punto de vista histórico y conceptual. La tradición católica reconoce el deber moral de intervenir frente a situaciones de injusticia; lo que rechaza es la subordinación de la fe a sistemas ideológicos incompatibles con su antropología y su concepción de la historia.

El contraste entre el MSTM y la obra de Kruk remite, en última instancia, a dos concepciones divergentes de la Iglesia. De un lado, una interpretación que tendió a reducir el cristianismo a instrumento de transformación política y que subordinó progresivamente la teología a categorías temporales. Del otro, una comprensión de la Iglesia fundada en la primacía de la verdad revelada, la continuidad doctrinal y la centralidad de la vida sobrenatural.

La experiencia histórica analizada permite advertir que las crisis eclesiales vinculadas a procesos de secularización doctrinal no producen únicamente tensiones pastorales; afectan directamente la transmisión de la fe. Allí donde la identidad sacerdotal se redefine desde categorías ideológicas, la formación clerical pierde cohesión y el orden teológico se fragmenta. Por el contrario, la preservación de la continuidad doctrinal constituye la condición indispensable para la estabilidad institucional y espiritual de la Iglesia.

La trayectoria de Kruk se inserta precisamente en esa lógica de continuidad. Su acción aparece vinculada a la restitución de principios permanentes en un período caracterizado por la confusión doctrinal y la radicalización política. En ello reside el significado histórico de su figura dentro del escenario eclesiástico argentino de la segunda mitad del siglo XX. 

Bibliografía

Carta de Seminaristas provenientes de Paranà al Card Baum el 25 de septiembre de 1985- 

D`ONOFRIO S. (2024) Historia Eclesiàstica de la Diòcesis de San Rafael. T I. Monseñor Kruk. Un león en Cuyo. Ed. Cruz del Sur. Mendoza. Argentina.

FR. AMARRA M. (2020) Seminario de San Rafael: muere…, pero permanece. Recuperado el miércoles 21 de junio de 2023 desde https://seminariodesanrafaelporsiempre.wordpress.com/2020/12/27/seminario-de-san rafael-muere-pero-permanece/

MANGIONE M. (2004). Movimiento de Sacerdotes para el tercer mundo. Recuperado el viernes 2 de diciembre del 2022 desde http://www.elortiba.org/old/pdf/Mangione_MST.pdf

MESSORI V / RATINGER J (1985) Informe sobre la fe. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid. España

RATINGER J. (1985) Teología de la Liberación. Sagrada Congregación Para La Doctrina De La Fe

RATZINGER J. (1984) Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, de la Congregación de la Doctrina de la Fe

ZARADA C (s/f) Joseph Ratzinger. El Vigía del Vaticano. Revista Gladius.

 

 



[1]MANGIONI M. (2004). Movimiento de Sacerdotes para el tercer mundo. Recuperado el domingo 3 de mayo del 2026 desde http://www.elortiba.org/old/pdf/Mangione_MST.pdf

 

[3]MANGIONI M. (2004). Movimiento de Sacerdotes para el tercer mundo. Recuperado el viernes 2 de diciembre del 2022 desde http://www.elortiba.org/old/pdf/Mangione_MST.pdf p 5 

[4] MANGIONE M. (2004). Movimiento de Sacerdotes para el tercer mundo. Recuperado el viernes 2 de diciembre del 2022 desde http://www.elortiba.org/old/pdf/Mangione_MST.pdf p 20

[5] 0RATZINGER J. (1984) Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, de la Congregación de la Doctrina de la Fe. P 11

[9] RATZINGER J. (1984). p 19

[13]Véase D`ONOFRIO S. (2024) Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael. T 1. Monseñor Kruk. Un león en Cuyo. Ed. Cruz del Sur. Mendoza. Argentina.

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