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COLUMNISTA INVITADO: Algunas reflexiones sobre nuestro revisionismo. Por Lucas N Gómez Balmaceda

 






Por: Lucas N Gomez Balmaceda


Es nuestro afán comunicar la vigencia, actualidad y necesidad del revisionismo. Deseamos que nuestra escuela historiográfica sea realmente un revisionismo vivo, orgánico, que tome la posta de nuestros grandes maestros, se adentre en la contemplación de la verdad histórica -la gran bastardeada de la academia y el sindicato de historiadores profesionales-, y se adentre en la producción de nuevos trabajos que marquen el rumbo a nuestra patria. En esta labor definitivamente no estamos a la altura del estandarte alzado, al decir de Castellani, pero nos apercibimos frente a grandes desafíos que nos interpelan como generación.

En primer lugar, revitalizar el estudio de la verdad histórica, entendiendo a esta como el alma de la Argentina, jerarquizar sus arquetipos y trazar una recta senda para una verdadera política nacional. En esta dimensión es necesario clarificar y comunicar principios historiográficos fundados en una sólida filosofía de la historia.

El segundo combate no es otro que el que defendieron nuestros maestros: desenmascarar la mentira -y los mentirosos- de la historia oficial. Tal como señalaba Ernesto Palacios, para imponer la tradición liberal en argentina,

“no bastaba con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos. Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (¡sobre todo para el comercio!) era un bien superior a 1a independencia con respecto al extranjero. Se exaltó al prócer de levita frente a1 caudillo de lanza; al civilizador frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado”[1]

Nuestros maestros siguen siendo víctimas de la conspiración del silencio. Sin ir más lejos, en el último gran libro que la academia ha publicado sobre Juan Manuel de Rosas[2] , los autores Fradkin y Gelman, haciendo un repaso o de los aportes de las diferentes corrientes historiográficas al tema, sólo le dedican un párrafo al revisionismo de la primera hora del s. XX, nombrando de soslayo a Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez y Julio Irazusta. Omitiendo los ríos de tinta que nuestros maestros derramaron en pro del Restaurador. Eso, y el hecho que ninguna de estas obras son citadas en el cuerpo del libro, señal que no han sido leídas debidamente.

Un tercer desafío que nos incumbe como generación es separar el trigo y la cizaña. El revisionismo se ha tornado un término ambiguo, ambivalente, donde podían convivir el liberalismo, el progresismo, el marxismo en todas sus variantes, etc. Nuestro revisionismo ha de ser original, entendiendo esto en el sentido que debe beber de sus orígenes. En la historia, el mayor golpe ha sido dado por el caballo de Troya infiltrado entre sus filas. La alianza del revisionismo con el socialismo primero, y con el marxismo, después, significó el abandono de los principios que dieron origen a nuestra escuela historiográfica, sumado al hecho de las consecuencias políticas que trajo de suyo: en la casa de cada montonero se lucían los tomos de la Historia Argentina de “pepe” Rosa. Y esto no significa portar un espíritu maniqueo que arroje por tierra todos los aportes que pudieron realizar aquellos historiadores, como el caso de Rosa, sino una permanente vigilancia y claridad de conceptos para distinguir sus errores y destacar sus aciertos.

Finalmente, debemos afrontar como generación debates que están pendientes, debates necesarios, urgentes, sin los cuales no podrá consolidarse nuestra empresa. Grandes maestros del siglo pasado han consumido su vida estudiando grandes temas que son para nosotros fundamento seguro. Es necesario el estudio de Mayo, pero dudo que se pueda aportar mucho más que aquello que enseñaron nuestros maestros. Nuestra generación debe afrontar aquellos temas que nuestros antepasados no pudieron dilucidar, sea por la cercanía con los hechos o por algún impedimento en sus ideas. Estos temas son, por ejemplo, el enigma de Juan D. Perón, el último tercio del siglo XX, la guerra subversiva y antisubversiva, el neoliberalismo, etc.

Si todo esto es lo esencial, los modos de su divulgación son accidentales. Pero esto no significa que no debamos analizarlos también. Sin abandonar los métodos que dejan huella, habrá quien también aporte en la divulgación del revisionismo histórico a partir de las nuevas tecnologías y canales de comunicación. En la organicidad de un revisionismo vivo, cada espacio de divulgación debe ser tenido en cuenta, desde el texto académico hasta el manual de secundario, desde la extensa conferencia hasta el brevísimo Tiktok.

Estas son algunas reflexiones sobre el revisionismo, superficiales, al paso. Nuestro revisionismo, en fin, no debe ser otra cosa que, tal como lo señalaba el historiador puntano Urbano J. Núñez, un “amoroso desvelo”.

Breve Reseña del autor

Lucas Gomez Balmaceda es puntano, católico. Esta finalizando sus estudios en Historia por el IFDC San Luis y ha ejercido como docente secundario desde el año 2019 en instituciones publicas y privadas.

Es uno de los miembros fundadores del Grupo de Estudios Históricos Isabel la Católica, miembro de la Federación Santo Tomás Moro y recientemente se ha incorporado al Centro Revisionista Argentino.

Colabora en diversos Blogs escribiendo artículos históricos y en la revista digital El Alcázar. Lleva adelante el canal de difusión Revisionismo Vivo, por Whatsapp, y coordina el proyecto de la revista digital con el mismo nombre, que saldrá en los próximos meses



[1] 1 Palacio, E. La Historia falsificada. Artículo publicado en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, Año I, Número I. Enero de 1939

[2] 2 Fradkin, R. y Gelman, J. (2015) Juan Manuel de Rosas, la construcción de un liderazgo político. Edhasa.

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