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DEL FORTÍN A LA COLONIA El Regimiento 7.º de Caballería y la posibilidad del poblamiento estable en San Rafael

Por: Lic. Sergio D`Onofrio

Resumen

El presente trabajo analiza la incidencia de la presencia militar en el proceso de ocupación, poblamiento y transformación económica del sur mendocino durante la segunda mitad del siglo XIX, con especial atención al Regimiento 7.º de Caballería y su establecimiento en el área de Cuadro Nacional. A partir de fuentes documentales, censales y bibliografía especializada, se examina la relación entre seguridad territorial, expansión de los asentamientos civiles, desarrollo de las áreas irrigadas y consolidación de nuevos núcleos de población en San Rafael.

La investigación sostiene que la presencia del Ejército no debe interpretarse como causa exclusiva del crecimiento regional, sino como uno de los factores que contribuyeron a generar condiciones más favorables para la radicación permanente de población, la expansión de las explotaciones rurales y el posterior desarrollo de colonias agrícolas. En este proceso confluyeron, además, la disponibilidad de tierras, las obras de riego, el fraccionamiento de propiedades, la iniciativa de particulares y el aporte creciente de la inmigración.

El análisis permite observar el tránsito desde una sociedad de frontera, caracterizada por la dispersión demográfica y la necesidad defensiva, hacia una estructura territorial más estable, vinculada progresivamente a la agricultura y, posteriormente, a la expansión vitivinícola. De este modo, la trayectoria del Regimiento 7.º queda inserta en un proceso histórico más amplio: la transformación del antiguo espacio fronterizo sanrafaelino y la conformación de las bases demográficas, productivas y territoriales sobre las que se desarrollaría el oasis agrícola del sur de Mendoza.

Introduccion

Cuando se relata el nacimiento del San Rafael moderno, suelen aparecer algunos nombres inevitables: Rodolfo Iselín, Julio Balloffet, Domingo Bombal, el padre Manuel Marco, los inmigrantes italianos y franceses, los canales de riego, la vitivinicultura y, finalmente, el ferrocarril.

Todo eso es cierto. Pero existe una pregunta anterior, mucho más elemental: ¿cómo se instala una familia, se planta una viña, se abre una acequia o se construye una casa en un territorio donde no existe seguridad suficiente para conservar la vida, los animales y el fruto del trabajo?

Esa pregunta nos conduce directamente al Ejército y, particularmente, al Regimiento 7.º de Caballería de Línea. Antes del arado estuvo el fortín. Antes de la colonia agrícola hubo que asegurar el territorio.

Antes de que llegaran masivamente los inmigrantes que transformarían el oasis sanrafaelino, existió una larga y durísima frontera donde soldados, pobladores, criollos e incluso grupos indígenas aliados intentaron sobrevivir entre malones, cuatrerismo, distancias inmensas y una presencia estatal todavía precaria.

Aquí conviene dejar algo establecido desde el principio. Reconocer la violencia de los malones no implica sostener que todos los indígenas fueran enemigos del poblador cristiano. Eso sería históricamente falso. Existieron caciques aliados, indígenas incorporados a las fuerzas de frontera, pactos, intercambios comerciales, mestizaje y múltiples formas de convivencia.

Pero exactamente por la misma razón resulta falso construir la imagen romántica del malón como una suerte de inocente acto de resistencia. Los documentos son mucho más incómodos que las consignas.

Desarrollo

San Rafael: vivir sobre una frontera

Durante buena parte del siglo XIX, San Rafael fue frontera. Y debemos entender lo que significaba aquella palabra.

La frontera era una extensa zona donde la autoridad estatal aparecía debilitada, las comunicaciones eran lentas, los establecimientos rurales estaban dispersos y las familias podían encontrarse a muchas leguas de cualquier auxilio militar.

El oasis del Diamante y del Atuel constituyó durante el siglo XIX una avanzada sobre la frontera indígena. Hacia 1870 existía ya una población en torno de la antigua villa de San Rafael, surgida al amparo del fuerte, pero aquel núcleo encontraba serias limitaciones para expandirse.

Y sobre aquella sociedad pesaba además el recuerdo concreto del malón. El 5 de julio de 1868 se produjo uno de los episodios más recordados de la frontera sanrafaelina. La memoria local conserva testimonios de familias obligadas a abandonar precipitadamente sus estancias y ocultarse mientras los atacantes saqueaban propiedades y arreaban ganado. Relatado por Narciso Sosa Morales, y basado en el testimonio de Jacinto Moyano, este ataque involucró a más de mil indígenas que intentaron tomar el fuerte San Rafael (actual Villa 25 de Mayo). La heroica resistencia de 150 hombres, bajo las órdenes de Ezequiel Montoya y el coronel Segovia, logró rechazar el ataque, en una escena épica donde el enfrentamiento cuerpo a cuerpo definió el destino del poblado.

“Yo era niño de poco más de 10 años, vivía con mi padre, don José Maria Moyano, mi madre y hermanos Juan Ignacio, Gregorio y Domingo, en la estancia Los Tolditos.
Pablo Ortiz, amigo de casa, vivía a considerable distancia de nosotros, pero con frecuencia se le veía bajar al pueblo en busca de artículos para el hogar. Mi padre le sabía decir: ¿y cómo… no tenés miedo al frío, hombre? Ya sabés que mi casa es para todos los amigos.
En vano, siempre alojaba en el campo. Ese día como de costumbre lo vimos pasar muy tempranito por la senda que quedaba a regular distancia.
Habíamos terminado de almorzar cuando distinguimos a lo lejos un jinete que parecía venir a toda prisa en dirección a mi casa, lo que no dejó de causarnos mal presagio.
Cuando estuvo cerca reconocimos a Pablo Ortiz lo que nos extraño aún más, acostumbrados a verlo pasar sin detenerse.
–¿Qué milagro, don Pablo –dijo mi padre– qué vientos lo traen por aquí? –Ortiz ni se baja del caballo, sacando su diestra debajo del poncho nos indica el naciente y dice: no pierdan ni un minuto de tiempo, los indios han asaltado el pueblo y prontito estarán aquí– nada más dijo y clavando las espuelas a su flete overo muy pronto se ocultó tras las lomadas.
Con toda la prisa necesaria cargamos varios caballos con lo que teníamos más de valor rumbiando al río distante más de tres leguas, de paso arriamos algunos vacunos que encontramos y estuvimos muy pronto guarecidos en una profunda quebrada a donde era muy difícil llegar sin ser baqueano. Durante todo el día nadie salió del refugio que teníamos, no se encendió fuego por temer a que el humo delatara nuestro escondite. Llegada la noche mi padre ordenó a mis hermanos Gregorio y Domingo que eran los mayores que se arrimaran a las casas con mucho cuidado.
Serían las 9 de la noche cuando volvieron trayendo la noticia de que los indios estaban saqueando la casa todo lo que no consideraban de valor lo sacaban afuera para destrozarlo, las vacas las arriaban para el sur, en el corral se oía un gran balerío de ovejas y cabras.
Pasamos la noche sin cerrar los ojos. Entre mi padre y mis hermanos mayores se relevaban para hacer guardia sobre un cerro cercano. Mi madre lloraba llamando a cada rato a los que hacían de centinelas. Cada ruido que producían las aguas del río en ese lugar tan encajonado, o las pisadas de los animales nos parecía la venida de los salvajes.
Amanecía. Los vigías trajeron la noticia de que no se veían indios. Mi padre y mi hermano Gregorio a pesar de las súplicas de mi madre se fueron a informar del estado de las cosas y volvieron como a las diez, venían tristes, solamente nos dijeron, los indios ya se han ido, volvamos.
Llegamos […] en el patio ya comprendimos todo el desastre, camas rotas, ropas quemadas, petacas, cómodas, armarios y todo cuanto puede tener una casa bien plantada, pisoteado, hecho añicos, destruido. Sentimos balar algunas cabras como en la agonía, nos allegamos al corral, era un cuadro de horro […] más de 150 cabras degolladas, otras atravesadas a lanzazos lanzaban sus últimos suspiros, los corderos y cabritos pisoteados, deshechos. Más de cien vacas que se encontraban cercanas las arriaron a las tolderías. En cuanto a los cabalgares no nos quedó más que los que ocupamos para salvarnos. Por suerte los animales más ariscos sirvieron para empezar de nuevo. –¡Qué años, señor! –dice don Jacinto– ahora se vive tranquilo, pero antes… sólo Dios sabe.”[1]

Detengámonos aquí. Porque cuando la historia se convierte en ideología, las víctimas concretas suelen desaparecer detrás de categorías abstractas.

Para el hombre que veía desaparecer sus vacas, para la mujer que huía con sus hijos, para una familia que encontraba destruida su casa después de un malón, aquella incursión no era una discusión antropológica como o plantea la izquierda nefasta e ignorante. Era una catástrofe. Y eso debe decirse. Sin odio racial. Sin anacronismos, sin edulcorar los hechos.

Las fuentes locales recuerdan además que aquella violencia fronteriza fue más compleja de lo que ciertas interpretaciones binarias pretenden mostrar: hubo incursiones en las que participaron indígenas, pero también desertores, cuatreros y bandoleros que establecieron alianzas circunstanciales con determinados grupos. La oposición simplista entre un bloque indígena absolutamente homogéneo y otro bloque cristiano igualmente homogéneo sirve poco para comprender la frontera.

El problema fundamental: ¿quién iba a poblar una tierra insegura?

Aquí aparece la cuestión central de nuestro relato.

Podían existir tierras fértiles. Podía existir agua. Podían existir proyectos de colonización. Pero si el productor no tenía una expectativa razonable de conservar aquello que sembraba, difícilmente invertiría años de su vida construyendo una finca.

La colonización exige estabilidad. El agricultor necesita permanecer. Tiene que cavar un canal hoy para cosechar dentro de varios años. Tiene que plantar una vid sabiendo que no dará rendimiento inmediatamente. Tiene que levantar una casa, formar una familia, criar animales.

La agricultura sedentaria exige algo que el malón hacía especialmente difícil: continuidad.

Y aquí el Ejército adquiere una importancia que muchas interpretaciones actuales minimizan. No porque el Ejército haya creado por sí solo la sociedad sanrafaelina. Sería absurdo afirmarlo. Pero porque aportó una condición previa sin la cual buena parte de aquella expansión habría sido considerablemente más difícil: seguridad territorial permanente.

José Antonio Salas y el nacimiento de Cuadro Nacional

Durante la década de 1870 comienza a producirse una transformación decisiva. En 1872 aparece una figura fundamental: el comandante José Antonio Salas.

Salas había sido edecán de Domingo Faustino Sarmiento y recibió el encargo de preparar tierras destinadas a producir alfalfa para alimentar las caballadas de las unidades militares destacadas en el sur.

Puede parecer un detalle menor. No lo es. Un regimiento de caballería requería caballos. Los caballos necesitaban alimento. Mantener tropas permanentemente en la frontera exigía, por tanto, transformar la ocupación militar en organización territorial.

Salas adquirió tierras en Punta del Monte y comenzó la formación de lo que terminaría siendo Cuadro Nacional. Se construyeron canales, potreros, dependencias militares y posteriormente la Comandancia. Aquellas obras respondían a las necesidades de los regimientos de caballería establecidos en San Rafael.

El Ejército no llegaba simplemente con fusiles. Necesitaba caminos. agua. canales. alimentos. comunicaciones. depósitos. herrerías. y hombres que produjeran.

Es decir, alrededor del dispositivo militar comenzaba a organizarse una economía. El cuartel generaba infraestructura y esta a su vez hacía posible el asentamiento.

El Regimiento 7.º de Caballería

Es entonces cuando aparece nuestro protagonista. El 7.º Regimiento de Caballería de Línea tuvo una presencia decisiva en la historia militar sanrafaelina.

Sobre la fecha exacta de su primera instalación existe alguna diferencia entre las reconstrucciones locales. La documentación académica permite sostener la consolidación militar de Cuadro Nacional durante la década de 1870, con referencias que remontan a 1872 la construcción de cuarteles y la instalación de unidades de caballería. Por rigor, resulta preferible hablar de un proceso de instalación y consolidación durante esos años antes que fijar una fecha única sin matices.

Lo verdaderamente importante es lo que ocurrió después. La presencia militar proporcionó mayor seguridad y alentó la afluencia poblacional. Posteriormente surgieron y se consolidaron Cuadro Salas, Cuadro Bombal, Colonia Francesa, Colonia Italiana, Rama Caída, Cuadro Venegas y Cañada Seca.

Tal como lo señala la Dra. Andrea Greco, “recién después de 1874 se puede vivir en esta zona al amparo del ejército. Antes de esa fecha, había que construir un fuerte y no una casa como hizo Ballofet”[2]

Este punto es fundamental: estamos ante una relación histórica concreta entre seguridad militar y expansión poblacional. La presencia permanente del Ejército modificó las condiciones materiales bajo las cuales podía desarrollarse la ocupación estable del territorio. No produjo por sí sola el poblamiento, pero redujo uno de los principales obstáculos para su consolidación: la inseguridad propia de una zona de frontera en la que, hasta entonces, la instalación de una familia, una explotación agrícola o un establecimiento permanente exigía adoptar precauciones defensivas que condicionaban severamente la vida cotidiana.

La afirmación de la Dra. Andrea Greco nos permite comprender la diferencia entre ocupar precariamente un territorio y habitarlo de manera estable. Cuando señala que antes de 1874 era necesario construir “un fuerte y no una casa”, nos está describiendo la realidad propia del nuevo asentamiento. La vivienda constituye, en términos históricos, una expresión de permanencia: supone familia, propiedad, producción, vínculos vecinales, caminos, comercio y una cierta expectativa de continuidad. El fuerte, por el contrario, responde a una lógica defensiva. El paso de uno a otro constituye, por consiguiente, una transformación cualitativa del espacio.

La instalación y consolidación de fuerzas militares permitió que aquella frontera adquiriera progresivamente condiciones favorables para el asentamiento civil. Allí donde existía una guarnición estable aumentaban las posibilidades de circulación, comunicación y abastecimiento; disminuía la percepción del riesgo entre quienes proyectaban establecer explotaciones agrícolas o ganaderas; y comenzaban a configurarse relaciones económicas vinculadas tanto con las necesidades del propio Ejército como con la creciente población civil.

Este fenómeno ayuda a comprender la expansión posterior hacia distintos sectores del sur sanrafaelino. La seguridad proporcionada por la presencia castrense creó condiciones favorables para que propietarios, trabajadores, comerciantes y familias avanzaran sobre áreas que anteriormente presentaban mayores dificultades para una residencia permanente.

Conviene, por ello, evitar una interpretación excesivamente simplificada según la cual el Ejército habría fundado por sí mismo las poblaciones posteriores. Su función histórica fue diferente, aunque no menos relevante. La presencia militar contribuyó a crear las condiciones de seguridad que hicieron viable el desplazamiento de la frontera de poblamiento y facilitaron la transición desde una ocupación dispersa y defensiva hacia otra caracterizada por establecimientos permanentes, explotaciones productivas y comunidades organizadas.

La seguridad militar, la ocupación territorial y el crecimiento económico comenzaron así a reforzarse mutuamente. La existencia de tropas hacía más viable el asentamiento; la llegada de nuevos pobladores incrementaba la producción; el desarrollo productivo exigía caminos, acequias, comunicaciones y nuevas instituciones; ese entramado terminaba otorgando estabilidad definitiva a territorios que pocas décadas antes conservaban características propias de una frontera.

En el caso sanrafaelino, por tanto, la historia del Regimiento 7.º de Caballería debe situarse dentro de un proceso mucho más amplio que la estricta historia militar. Su presencia forma parte de la transformación del espacio meridional mendocino durante las últimas décadas del siglo XIX: el tránsito de una sociedad fronteriza hacia otra progresivamente agrícola, poblada y organizada. Allí comienza una nueva etapa de la historia regional: la consolidación del poblamiento que, con el aporte posterior de criollos, inmigrantes y colonos europeos, terminaría configurando buena parte del paisaje humano y productivo del San Rafael moderno.

El soldado hizo posible que detrás llegara el colono

Podemos expresarlo sencillamente. Cuando disminuyó la amenaza sobre la frontera, apareció una expectativa nueva: quedarse, y cuando una familia puede quedarse, comienza verdaderamente la colonización: se compran tierras, se construyen viviendas, se abren acequias, se plantan árboles y organizan comercios, llegan otras familias, aparecen escuelas, se levantan capillas y se forman pueblos. La frontera militar comienza lentamente a transformarse en una sociedad civil.

El proceso puede seguirse incluso dentro de la historia eclesiástica de San Rafael. El padre Manuel Marco, personaje decisivo en la llegada de los primeros colonos italianos, llegó a San Rafael como capellán del Regimiento 7.º de Caballería. Posteriormente viajó a Buenos Aires y convenció a unas veinte familias italianas para trasladarse al sur mendocino, donde comenzarían una experiencia colonizadora que desembocaría finalmente en la formación de la Colonia Italiana.

“Cuando murió Fray Inalicán ningún sacerdote se estableció en la zona, hasta la llegada del padre Manuel Marco: Llegó como capellán del Regimiento 7° de Caballería. Era de origen italiano, y venía con una pequeña fortuna que heredó de sus padres, y además de su misión como sacerdote, adquirió tierras en la zona y realizó diversos emprendimientos. Para su realización, viajó a Buenos Aires, y en el Hotel de Inmigrantes ubicó a veinte familias italianas que acababan de desembarcar. Era diciembre de 1883. El Padre Marco, los convenció de venir. Trabajarían en sus tierras, y las irían comprando de a poco, con su trabajo. “Marco les pagó sus gastos de transporte, y viajaron a estas tierras, que nunca, habían oído nombrar”. Comenzaron a labrar la tierra, que les fue hostil y la experiencia fue un fracaso. Los inmigrantes habían decidido irse, cuando apareció don Rodolfo Iselín ofreciéndoles trabajo y tierras a pagar con trabajo, Así nació Colonia Italiana dentro de Colonia Francesa.”[3]

Obsérvese la conexión: Regimiento, Capellán military, Colonización, Inmigración, Agricultura, Parroquia, ciudad. Son piezas de un mismo proceso histórico.

Del sable a la acequia

Existe una imagen que ayuda a comprender aquel San Rafael. Imaginemos Cuadro Nacional en aquellos años. Por un lado, los cuarteles, los soldados, los caballos la comandancia, las prácticas militares. pero alrededor empiezan a aparecer los canales. los alfalfares destinados inicialmente a alimentar la caballada, las propiedades ruralel. los nuevos pobladores. Después llegan los viñedos. los frutales. las bodegas. el comercio. y finalmente el ferrocarril.

La espada y el arado aparecen sucesivamente. No porque fueran idénticos ni porque persiguieran exactamente los mismos fines, sino porque la ocupación militar proporcionó un marco de seguridad sobre el cual pudo desplegarse la ocupación productiva.

La bibliografía clásica sobre San Rafael señala que el traslado de la guarnición hacia Cuadro Nacional aumentó la seguridad de la planicie y aceleró la llegada de población civil. Para fines de la década de 1870, la ocupación agrícola del oasis estaba avanzando de manera evidente.

Así se explica que la transformación posterior sea tan rápida. En 1895, el departamento alcanzaba 9.846 habitantes, con población distribuida entre la villa, la planicie y distintos asentamientos al sur del Diamante. San Rafael había dejado de ser simplemente un puesto fronterizo. Se estaba convirtiendo en un verdadero oasis agrícola.

En 1895 se contaron 9.846 habitantes en el departamento, de los cuales la planicie aportaba unos 1.600 y la villa 1000[4]

Una vez afianzado el control territorial, se hizo posible la instalación más estable de explotaciones rurales y núcleos familiares. La apertura de canales y acequias, junto con la subdivisión de tierras y el crecimiento de la producción agrícola, fue modificando de manera gradual la fisonomía de la región. Los datos de 1895 permiten advertir que San Rafael ya no respondía exclusivamente a la lógica de un espacio fronterizo, aunque todavía se encontraba lejos de la configuración económica que alcanzaría durante las primeras décadas del siglo XX.

A partir de entonces, el sur mendocino comenzó a dejar atrás, lentamente, su carácter estrictamente fronterizo. La instalación de familias, el desarrollo de explotaciones agrícolas y la formación de nuevos núcleos de población fueron dando forma a una estructura territorial distinta, sobre la cual se asentaría luego la expansión agrícola y vitivinícola de comienzos del siglo XX.

El malón y una memoria que no debe ser amputada

Una parte de la historiografía contemporánea ha realizado un aporte legítimo al recordar las consecuencias que la expansión estatal tuvo sobre diversas comunidades indígenas: desplazamientos, pérdida de tierras, cautiverios y políticas coercitivas. Esos hechos deben estudiarse. Ocultarlos sería reemplazar la historia por propaganda. Pero exactamente el mismo criterio debe aplicarse en sentido contrario.

Tampoco puede desaparecer la víctima criolla. No puede desaparecer la mujer cautiva tampoco el puestero asesinado, ni la familia despojada de su rancho y menos el niño escondido mientras su casa era saqueada.

Y tampoco puede transformarse automáticamente al malonero en héroe simplemente porque combatió al Estado argentino. Esa operación no es historia crítica. Es la inversión de una vieja mitología.

Donde antes algunos veían solamente “salvajes”, ahora otros pretenden ver solamente “resistentes”. Ninguna de las dos imágenes explica satisfactoriamente la frontera.

Existieron indígenas aliados y enemigos; negociaciones y guerras; comerciantes y cuatreros; soldados honestos y funcionarios corruptos; pactos respetados y pactos violados. La historia argentina es bastante más rica que un tribunal ideológico.

Y el revisionismo, si pretende hacer honor a su nombre, debe revisar también los nuevos dogmas.

El 7.º en las operaciones de 1879

El Regimiento 7.º tuvo además participación directa en las operaciones militares de 1879. La documentación sobre la Segunda Campaña al Desierto en Mendoza y Neuquén registra al Regimiento 7.º de Línea en San Rafael, con sus hombres, caballadas y los potreros de Cuadro Nacional utilizados como apoyo logístico para las operaciones.

Esto permite comprender mejor la función estratégica de San Rafael, pues evidentemente se convertia en un punto desde donde se proyectaba el control argentino hacia el sur y hacia la cordillera., siendo Cuadro Nacional la retaguardia, y nodo logistico, allí reside buena parte de su importancia para la historia civil.

La paradoja revisionista

Reconocer la importancia del Regimiento 7.º no obliga a canonizar el proyecto liberal de Mitre, Sarmiento y Roca. Son dos problemas diferentes.

Podemos discutir la concentración posterior de las tierras, cuestionar la concepción europeizante de las elites porteñas, señalar su desprecio de los iberales hacia el gaucho y hacia numerosos elementos de la tradición hispano-criolla. Podemos analizar críticamente el modelo agroexportador. Nada de eso modifica una realidad local concreta: en San Rafael, la reducción de la inseguridad fronteriza facilitó el poblamiento estable.

Y después llegó la ciudad

Cuando comienza la llegada de italianos y franceses, la historia entra en otra etapa. Don Rodolfo Iselín lotea tierras. Julio Balloffet desarrolla obras hidráulicas. El padre Manuel Marco trae familias italianas. Los inmigrantes transforman el paisaje. Aparecen viñas, bodegas, escuelas y templos.

En 1892 aquellos italianos levantan el templo dedicado a San Ambrosio. En 1903 llega el ferrocarril y se produce el traslado definitivo de la cabecera hacia la Colonia Francesa.

La propia Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael muestra que, superada la etapa de los grandes malones, los inmigrantes italianos, junto con figuras como Iselín, Bombal y el padre Marco, pudieron desarrollar las estructuras que darían forma a la nueva ciudad.

El orden cronológico resulta por demas revelador: primero, el fuerte, después, el regimiento, luego, la seguridad progresiva facilitando el asentamiento de las colonias para más tarde fundar las parroquias, las escuelas, las bodegas y el ferrocarril, preparando finalmente el terreno para el traslado de la ciudad de San Rafael en 1903.

El legado del Regimiento 7.º

Todavía queda un testimonio material de aquella historia. La antigua Comandancia alberga actualmente el Museo Histórico Militar de San Rafael. Entre sus piezas se conserva la memoria de la vida cotidiana de las unidades militares destacadas en la región y de la función que desempeñaron en la conformación del sur mendocino. Esto no es simplemente patrimonio military, sino que es patrimonio sanrafaelino.

Porque dentro de aquellos edificios comenzó a organizarse una parte fundamental del territorio que después ocuparían agricultores, inmigrantes, comerciantes, docentes, sacerdotes y familias.

Conclusion

Por eso, cuando recorremos Cuadro Nacional, y la otrora Colonia Francesa, hoy Villa Nueva San Rafael, observamos los canales, el museo militar, las fincas o los restos de aquel San Rafael agrícola, deberíamos recordar que allí ocurrió una transformación extraordinaria.

La frontera se convirtió en pueblo. El puesto militar se convirtió en distrito. El terreno inseguro terminó convertido en propiedad productiva.

Y detrás de aquel cambio existieron hombres concretos: soldados sometidos a condiciones durísimas; familias criollas que resistieron durante décadas; indígenas aliados que combatieron junto a las fuerzas nacionales; pioneros que cavaron canales; sacerdotes como Manuel Marco; inmigrantes que llegaron sin conocer siquiera el nombre de San Rafael; hombres como Salas, Balloffet, Bombal e Iselín, toda esa sociedad construyó el sur mendocino.

Por eso resulta históricamente injusto borrar de ese proceso al Regimiento 7.º de Caballería. No fundó por sí solo San Rafael, pero ayudó a crear una condición imprescindible para que San Rafael pudiera poblarse: la posibilidad concreta de vivir, trabajar y permanecer en la tierra, esa es quizá, la mejor manera de comprender su legado, porque antes de que San Rafael fuera la tierra de la vid y del vino, durante muchos años fue tierra de frontera. Y para que el colono pudiera finalmente construir una casa donde antes necesitaba levantar un fortín, hubo hombres que hicieron guardia.

Bibliografía 

BUSTOS DÁVILA, N. (1970). “La Segunda Campaña al Desierto en Mendoza y Neuquén”. Revista De Historia Americana y Argentina. Universidad Nacional de Cuyo.

DENIS, P. (1969). “San Rafael. La ciudad y su región”. Boletín de Estudios Geográficos, 16(64-65). Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo.

D’ONOFRIO, S. (2025). Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael. Tomo V: Ecclesia Christi: Nuestra Señora de Lourdes. Una parroquia con historia. Manuscrito del autor.

IZUEL, M. E. (2023). “Comandante Salas”. Revista Kilómetro Cero. Historia local de San Rafael.

IZUEL, M. E. (2023). “El malón del 5 de julio de 1868 en la memoria de un vecino” y materiales sobre la llegada de los regimientos al sur. Revista Kilómetro Cero.

SANJURJO DE DRIOLLET, I. (2014). “Las pequeñas relaciones de derecho y la justicia de paz en las colonias agrícolas de Mendoza (Argentina), 1900-1910”. Passagens. Revista Internacional de História Política e Cultura Jurídica, 6(1), 25-54. https://doi.org/10.5533/1984-2503-20146102

Ejército Argentino. Museo Histórico Militar San Rafael. Ministerio de Defensa de la Nación. Fuente institucional sobre la memoria militar del sur mendocino.

 

 



[1]MOYANO J. (1968) Testimonio de Narciso Sosa Morales sobre el malón a la Villa ocurrido el día 5 de julio de 1868. Artículo de la Prof. María Elena Izuel. Recuperado el sábado 26 de abril de 2025 desde https://revistakm0com.wordpress.com/2023/01/30/historia-local-el-malon-del-5-de-julio-de-1868-en-la-memoria-de-un-vecino/

[2]GRECO A (2025) El traslado del Regimiento de Caballería 7 a Cuadro Nacional. Entrevista Telefónica

[3]Semanario Voz de Lourdes. (2020) Historia de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes. San Rafael. Mza. Argentina. p 2 

[4]SANJURJO DE DRIOLLET. I (2014) Las pequeñas relaciones de derecho y la justicia de paz en las colonias agrícolas de Mendoza (Argentina), 1900-1910, Passagens. Revista Internacional de História Política e Cultura Jurídica, vol. 6, n.º 1 p. 33. 

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