DEL FORTÍN A LA COLONIA El Regimiento 7.º de Caballería y la posibilidad del poblamiento estable en San Rafael
Por: Lic.
Sergio D`Onofrio
Resumen
El presente trabajo analiza la incidencia de la
presencia militar en el proceso de ocupación, poblamiento y transformación
económica del sur mendocino durante la segunda mitad del siglo XIX, con
especial atención al Regimiento 7.º de Caballería y su establecimiento en el
área de Cuadro Nacional. A partir de fuentes documentales, censales y
bibliografía especializada, se examina la relación entre seguridad territorial,
expansión de los asentamientos civiles, desarrollo de las áreas irrigadas y
consolidación de nuevos núcleos de población en San Rafael.
La investigación sostiene que la presencia del
Ejército no debe interpretarse como causa exclusiva del crecimiento regional,
sino como uno de los factores que contribuyeron a generar condiciones más
favorables para la radicación permanente de población, la expansión de las
explotaciones rurales y el posterior desarrollo de colonias agrícolas. En este
proceso confluyeron, además, la disponibilidad de tierras, las obras de riego,
el fraccionamiento de propiedades, la iniciativa de particulares y el aporte
creciente de la inmigración.
El análisis permite observar el tránsito desde una sociedad de frontera, caracterizada por la dispersión demográfica y la necesidad defensiva, hacia una estructura territorial más estable, vinculada progresivamente a la agricultura y, posteriormente, a la expansión vitivinícola. De este modo, la trayectoria del Regimiento 7.º queda inserta en un proceso histórico más amplio: la transformación del antiguo espacio fronterizo sanrafaelino y la conformación de las bases demográficas, productivas y territoriales sobre las que se desarrollaría el oasis agrícola del sur de Mendoza.
Introduccion
Cuando se relata el nacimiento del San Rafael moderno,
suelen aparecer algunos nombres inevitables: Rodolfo Iselín, Julio Balloffet,
Domingo Bombal, el padre Manuel Marco, los inmigrantes italianos y franceses,
los canales de riego, la vitivinicultura y, finalmente, el ferrocarril.
Todo eso es cierto. Pero existe una pregunta anterior, mucho
más elemental: ¿cómo se instala una familia, se planta una viña, se abre una
acequia o se construye una casa en un territorio donde no existe seguridad
suficiente para conservar la vida, los animales y el fruto del trabajo?
Esa pregunta nos conduce directamente al Ejército y,
particularmente, al Regimiento 7.º de Caballería de Línea. Antes del arado
estuvo el fortín. Antes de la colonia agrícola hubo que asegurar el territorio.
Antes de que llegaran masivamente los inmigrantes que
transformarían el oasis sanrafaelino, existió una larga y durísima frontera
donde soldados, pobladores, criollos e incluso grupos indígenas aliados
intentaron sobrevivir entre malones, cuatrerismo, distancias inmensas y una
presencia estatal todavía precaria.
Aquí conviene dejar algo establecido desde el principio.
Reconocer la violencia de los malones no implica sostener que todos los
indígenas fueran enemigos del poblador cristiano. Eso sería históricamente
falso. Existieron caciques aliados, indígenas incorporados a las fuerzas de
frontera, pactos, intercambios comerciales, mestizaje y múltiples formas de
convivencia.
Pero exactamente por la misma razón resulta falso construir la imagen romántica del malón como una suerte de inocente acto de resistencia. Los documentos son mucho más incómodos que las consignas.
Desarrollo
San
Rafael: vivir sobre una frontera
Durante buena parte del siglo XIX, San Rafael fue frontera.
Y debemos entender lo que significaba aquella palabra.
La frontera era una extensa zona donde la autoridad estatal
aparecía debilitada, las comunicaciones eran lentas, los establecimientos
rurales estaban dispersos y las familias podían encontrarse a muchas leguas de
cualquier auxilio militar.
El oasis del Diamante y del Atuel constituyó durante el
siglo XIX una avanzada sobre la frontera indígena. Hacia 1870 existía ya una
población en torno de la antigua villa de San Rafael, surgida al amparo del
fuerte, pero aquel núcleo encontraba serias limitaciones para expandirse.
Y sobre aquella sociedad pesaba además el recuerdo concreto del malón. El 5 de julio de 1868 se produjo uno de los episodios más recordados de la frontera sanrafaelina. La memoria local conserva testimonios de familias obligadas a abandonar precipitadamente sus estancias y ocultarse mientras los atacantes saqueaban propiedades y arreaban ganado. Relatado por Narciso Sosa Morales, y basado en el testimonio de Jacinto Moyano, este ataque involucró a más de mil indígenas que intentaron tomar el fuerte San Rafael (actual Villa 25 de Mayo). La heroica resistencia de 150 hombres, bajo las órdenes de Ezequiel Montoya y el coronel Segovia, logró rechazar el ataque, en una escena épica donde el enfrentamiento cuerpo a cuerpo definió el destino del poblado.
Detengámonos aquí. Porque cuando la historia se convierte en
ideología, las víctimas concretas suelen desaparecer detrás de categorías
abstractas.
Para el hombre que veía desaparecer sus vacas, para la mujer
que huía con sus hijos, para una familia que encontraba destruida su casa
después de un malón, aquella incursión no era una discusión antropológica como
o plantea la izquierda nefasta e ignorante. Era una catástrofe. Y eso debe
decirse. Sin odio racial. Sin anacronismos, sin edulcorar los hechos.
Las fuentes locales recuerdan además que aquella violencia
fronteriza fue más compleja de lo que ciertas interpretaciones binarias
pretenden mostrar: hubo incursiones en las que participaron indígenas, pero
también desertores, cuatreros y bandoleros que establecieron alianzas
circunstanciales con determinados grupos. La oposición simplista entre un
bloque indígena absolutamente homogéneo y otro bloque cristiano igualmente
homogéneo sirve poco para comprender la frontera.
El
problema fundamental: ¿quién iba a poblar una tierra insegura?
Aquí aparece la cuestión central de nuestro relato.
Podían existir tierras fértiles. Podía existir agua. Podían
existir proyectos de colonización. Pero si el productor no tenía una
expectativa razonable de conservar aquello que sembraba, difícilmente
invertiría años de su vida construyendo una finca.
La colonización exige estabilidad. El agricultor necesita
permanecer. Tiene que cavar un canal hoy para cosechar dentro de varios años.
Tiene que plantar una vid sabiendo que no dará rendimiento inmediatamente.
Tiene que levantar una casa, formar una familia, criar animales.
La agricultura sedentaria exige algo que el malón hacía
especialmente difícil: continuidad.
Y aquí el Ejército adquiere una importancia que muchas
interpretaciones actuales minimizan. No porque el Ejército haya creado por sí
solo la sociedad sanrafaelina. Sería absurdo afirmarlo. Pero porque aportó una
condición previa sin la cual buena parte de aquella expansión habría sido
considerablemente más difícil: seguridad territorial permanente.
José
Antonio Salas y el nacimiento de Cuadro Nacional
Durante la década de 1870 comienza a producirse una
transformación decisiva. En 1872 aparece una figura fundamental: el comandante
José Antonio Salas.
Salas había sido edecán de Domingo Faustino Sarmiento y
recibió el encargo de preparar tierras destinadas a producir alfalfa para
alimentar las caballadas de las unidades militares destacadas en el sur.
Puede parecer un detalle menor. No lo es. Un regimiento de
caballería requería caballos. Los caballos necesitaban alimento. Mantener
tropas permanentemente en la frontera exigía, por tanto, transformar la
ocupación militar en organización territorial.
Salas adquirió tierras en Punta del Monte y comenzó la
formación de lo que terminaría siendo Cuadro Nacional. Se construyeron canales,
potreros, dependencias militares y posteriormente la Comandancia. Aquellas
obras respondían a las necesidades de los regimientos de caballería
establecidos en San Rafael.
El Ejército no llegaba simplemente con fusiles. Necesitaba
caminos. agua. canales. alimentos. comunicaciones. depósitos. herrerías. y
hombres que produjeran.
Es decir, alrededor del dispositivo militar comenzaba a
organizarse una economía. El cuartel generaba infraestructura y esta a su vez hacía
posible el asentamiento.
El
Regimiento 7.º de Caballería
Es entonces cuando aparece nuestro protagonista. El 7.º
Regimiento de Caballería de Línea tuvo una presencia decisiva en la historia
militar sanrafaelina.
Sobre la fecha exacta de su primera instalación existe
alguna diferencia entre las reconstrucciones locales. La documentación
académica permite sostener la consolidación militar de Cuadro Nacional durante
la década de 1870, con referencias que remontan a 1872 la construcción de cuarteles
y la instalación de unidades de caballería. Por rigor, resulta preferible
hablar de un proceso de instalación y consolidación durante esos años antes que
fijar una fecha única sin matices.
Lo verdaderamente importante es lo que ocurrió después. La presencia
militar proporcionó mayor seguridad y alentó la afluencia poblacional.
Posteriormente surgieron y se consolidaron Cuadro Salas, Cuadro Bombal, Colonia
Francesa, Colonia Italiana, Rama Caída, Cuadro Venegas y Cañada Seca.
Tal como lo señala la Dra. Andrea
Greco, “recién después de 1874 se puede
vivir en esta zona al amparo del ejército. Antes de esa fecha, había que
construir un fuerte y no una casa como hizo Ballofet”[2]
Este punto es fundamental:
estamos ante una relación histórica concreta entre seguridad militar y
expansión poblacional. La presencia permanente del Ejército modificó las
condiciones materiales bajo las cuales podía desarrollarse la ocupación estable
del territorio. No produjo por sí sola el poblamiento, pero redujo uno de los
principales obstáculos para su consolidación: la inseguridad propia de una zona
de frontera en la que, hasta entonces, la instalación de una familia, una
explotación agrícola o un establecimiento permanente exigía adoptar
precauciones defensivas que condicionaban severamente la vida cotidiana.
La afirmación de la Dra. Andrea
Greco nos permite comprender la diferencia entre ocupar precariamente un territorio
y habitarlo de manera estable. Cuando señala que antes de 1874 era necesario
construir “un fuerte y no una casa”, nos
está describiendo la realidad propia del nuevo asentamiento. La vivienda
constituye, en términos históricos, una expresión de permanencia: supone
familia, propiedad, producción, vínculos vecinales, caminos, comercio y una
cierta expectativa de continuidad. El fuerte, por el contrario, responde a una
lógica defensiva. El paso de uno a otro constituye, por consiguiente, una
transformación cualitativa del espacio.
La instalación y
consolidación de fuerzas militares permitió que aquella frontera adquiriera
progresivamente condiciones favorables para el asentamiento civil. Allí donde
existía una guarnición estable aumentaban las posibilidades de circulación,
comunicación y abastecimiento; disminuía la percepción del riesgo entre quienes
proyectaban establecer explotaciones agrícolas o ganaderas; y comenzaban a
configurarse relaciones económicas vinculadas tanto con las necesidades del
propio Ejército como con la creciente población civil.
Este fenómeno ayuda a
comprender la expansión posterior hacia distintos sectores del sur
sanrafaelino. La seguridad proporcionada por la presencia castrense creó
condiciones favorables para que propietarios, trabajadores, comerciantes y
familias avanzaran sobre áreas que anteriormente presentaban mayores
dificultades para una residencia permanente.
Conviene, por ello,
evitar una interpretación excesivamente simplificada según la cual el Ejército
habría fundado por sí mismo las poblaciones posteriores. Su función histórica
fue diferente, aunque no menos relevante. La presencia militar contribuyó a
crear las condiciones de seguridad que hicieron viable el desplazamiento de la
frontera de poblamiento y facilitaron la transición desde una ocupación
dispersa y defensiva hacia otra caracterizada por establecimientos permanentes,
explotaciones productivas y comunidades organizadas.
La seguridad militar, la
ocupación territorial y el crecimiento económico comenzaron así a reforzarse
mutuamente. La existencia de tropas hacía más viable el asentamiento; la
llegada de nuevos pobladores incrementaba la producción; el desarrollo
productivo exigía caminos, acequias, comunicaciones y nuevas instituciones; ese
entramado terminaba otorgando estabilidad definitiva a territorios que pocas
décadas antes conservaban características propias de una frontera.
En el caso sanrafaelino,
por tanto, la historia del Regimiento 7.º de Caballería debe situarse dentro de
un proceso mucho más amplio que la estricta historia militar. Su presencia
forma parte de la transformación del espacio meridional mendocino durante las
últimas décadas del siglo XIX: el tránsito de una sociedad fronteriza hacia
otra progresivamente agrícola, poblada y organizada. Allí comienza una nueva
etapa de la historia regional: la consolidación del poblamiento que, con el
aporte posterior de criollos, inmigrantes y colonos europeos, terminaría
configurando buena parte del paisaje humano y productivo del San Rafael
moderno.
El
soldado hizo posible que detrás llegara el colono
Podemos expresarlo sencillamente. Cuando disminuyó la
amenaza sobre la frontera, apareció una expectativa nueva: quedarse, y cuando
una familia puede quedarse, comienza verdaderamente la colonización: se compran
tierras, se construyen viviendas, se abren acequias, se plantan árboles y organizan
comercios, llegan otras familias, aparecen escuelas, se levantan capillas y se
forman pueblos. La frontera militar comienza lentamente a transformarse en una
sociedad civil.
El proceso puede seguirse incluso dentro de la historia
eclesiástica de San Rafael. El padre Manuel Marco, personaje decisivo en la
llegada de los primeros colonos italianos, llegó a San Rafael como capellán del
Regimiento 7.º de Caballería. Posteriormente viajó a Buenos Aires y convenció a
unas veinte familias italianas para trasladarse al sur mendocino, donde
comenzarían una experiencia colonizadora que desembocaría finalmente en la
formación de la Colonia Italiana.
Obsérvese la conexión: Regimiento, Capellán military,
Colonización, Inmigración, Agricultura, Parroquia, ciudad. Son piezas de un
mismo proceso histórico.
Del
sable a la acequia
Existe una imagen que ayuda a comprender aquel San Rafael.
Imaginemos Cuadro Nacional en aquellos años. Por un lado, los cuarteles, los
soldados, los caballos la comandancia, las prácticas militares. pero alrededor
empiezan a aparecer los canales. los alfalfares destinados inicialmente a
alimentar la caballada, las propiedades ruralel. los nuevos pobladores. Después
llegan los viñedos. los frutales. las bodegas. el comercio. y finalmente el
ferrocarril.
La espada y el arado aparecen sucesivamente. No porque
fueran idénticos ni porque persiguieran exactamente los mismos fines, sino
porque la ocupación militar proporcionó un marco de seguridad sobre el cual
pudo desplegarse la ocupación productiva.
La bibliografía clásica sobre San Rafael señala que el
traslado de la guarnición hacia Cuadro Nacional aumentó la seguridad de la
planicie y aceleró la llegada de población civil. Para fines de la década de
1870, la ocupación agrícola del oasis estaba avanzando de manera evidente.
Así se explica que la transformación posterior sea tan
rápida. En 1895, el departamento alcanzaba 9.846 habitantes, con población
distribuida entre la villa, la planicie y distintos asentamientos al sur del Diamante.
San Rafael había dejado de ser simplemente un puesto fronterizo. Se estaba
convirtiendo en un verdadero oasis agrícola.
“En 1895 se contaron 9.846 habitantes en el departamento, de
los cuales la planicie aportaba unos 1.600 y la villa 1000”[4]
Una vez afianzado el control territorial, se hizo
posible la instalación más estable de explotaciones rurales y núcleos
familiares. La apertura de canales y acequias, junto con la subdivisión de
tierras y el crecimiento de la producción agrícola, fue modificando de manera
gradual la fisonomía de la región. Los datos de 1895 permiten advertir que San
Rafael ya no respondía exclusivamente a la lógica de un espacio fronterizo,
aunque todavía se encontraba lejos de la configuración económica que alcanzaría
durante las primeras décadas del siglo XX.
A partir de entonces, el sur mendocino comenzó a
dejar atrás, lentamente, su carácter estrictamente fronterizo. La instalación
de familias, el desarrollo de explotaciones agrícolas y la formación de nuevos
núcleos de población fueron dando forma a una estructura territorial distinta,
sobre la cual se asentaría luego la expansión agrícola y vitivinícola de
comienzos del siglo XX.
El
malón y una memoria que no debe ser amputada
Una parte de la historiografía contemporánea ha realizado un
aporte legítimo al recordar las consecuencias que la expansión estatal tuvo
sobre diversas comunidades indígenas: desplazamientos, pérdida de tierras,
cautiverios y políticas coercitivas. Esos hechos deben estudiarse. Ocultarlos
sería reemplazar la historia por propaganda. Pero exactamente el mismo criterio
debe aplicarse en sentido contrario.
Tampoco puede desaparecer la víctima criolla. No puede
desaparecer la mujer cautiva tampoco el puestero asesinado, ni la familia
despojada de su rancho y menos el niño escondido mientras su casa era saqueada.
Y tampoco puede transformarse automáticamente al malonero en
héroe simplemente porque combatió al Estado argentino. Esa operación no es
historia crítica. Es la inversión de una vieja mitología.
Donde antes algunos veían solamente “salvajes”, ahora otros
pretenden ver solamente “resistentes”. Ninguna de las dos imágenes explica
satisfactoriamente la frontera.
Existieron indígenas aliados y enemigos; negociaciones y
guerras; comerciantes y cuatreros; soldados honestos y funcionarios corruptos;
pactos respetados y pactos violados. La historia argentina es bastante más rica
que un tribunal ideológico.
Y el revisionismo, si pretende hacer honor a su nombre, debe
revisar también los nuevos dogmas.
El
7.º en las operaciones de 1879
El Regimiento 7.º tuvo además participación directa en las
operaciones militares de 1879. La documentación sobre la Segunda Campaña al
Desierto en Mendoza y Neuquén registra al Regimiento 7.º de Línea en San Rafael,
con sus hombres, caballadas y los potreros de Cuadro Nacional utilizados como
apoyo logístico para las operaciones.
Esto permite comprender mejor la función estratégica de San
Rafael, pues evidentemente se convertia en un punto desde donde se proyectaba
el control argentino hacia el sur y hacia la cordillera., siendo Cuadro
Nacional la retaguardia, y nodo logistico, allí reside buena parte de su
importancia para la historia civil.
La
paradoja revisionista
Reconocer la importancia del Regimiento 7.º no obliga a
canonizar el proyecto liberal de Mitre, Sarmiento y Roca. Son dos problemas
diferentes.
Podemos discutir la concentración posterior de las tierras, cuestionar
la concepción europeizante de las elites porteñas, señalar su desprecio de los
iberales hacia el gaucho y hacia numerosos elementos de la tradición
hispano-criolla. Podemos analizar críticamente el modelo agroexportador. Nada
de eso modifica una realidad local concreta: en San Rafael, la reducción de la
inseguridad fronteriza facilitó el poblamiento estable.
Y
después llegó la ciudad
Cuando comienza la llegada de italianos y franceses, la
historia entra en otra etapa. Don Rodolfo Iselín lotea tierras. Julio Balloffet
desarrolla obras hidráulicas. El padre Manuel Marco trae familias italianas.
Los inmigrantes transforman el paisaje. Aparecen viñas, bodegas, escuelas y
templos.
En 1892 aquellos italianos levantan el templo dedicado a San
Ambrosio. En 1903 llega el ferrocarril y se produce el traslado definitivo de
la cabecera hacia la Colonia Francesa.
La propia Historia Eclesiástica de la Diócesis de San Rafael
muestra que, superada la etapa de los grandes malones, los inmigrantes
italianos, junto con figuras como Iselín, Bombal y el padre Marco, pudieron
desarrollar las estructuras que darían forma a la nueva ciudad.
El orden cronológico resulta por demas revelador: primero,
el fuerte, después, el regimiento, luego, la seguridad progresiva facilitando
el asentamiento de las colonias para más tarde fundar las parroquias, las
escuelas, las bodegas y el ferrocarril, preparando finalmente el terreno para
el traslado de la ciudad de San Rafael en 1903.
El
legado del Regimiento 7.º
Todavía queda un testimonio material de aquella historia. La
antigua Comandancia alberga actualmente el Museo Histórico Militar de San
Rafael. Entre sus piezas se conserva la memoria de la vida cotidiana de las
unidades militares destacadas en la región y de la función que desempeñaron en
la conformación del sur mendocino. Esto no es simplemente patrimonio military,
sino que es patrimonio sanrafaelino.
Porque dentro de aquellos edificios comenzó a organizarse una parte fundamental del territorio que después ocuparían agricultores, inmigrantes, comerciantes, docentes, sacerdotes y familias.
Conclusion
Por eso, cuando recorremos Cuadro Nacional, y la otrora
Colonia Francesa, hoy Villa Nueva San Rafael, observamos los canales, el museo
militar, las fincas o los restos de aquel San Rafael agrícola, deberíamos
recordar que allí ocurrió una transformación extraordinaria.
La frontera se convirtió en pueblo. El puesto militar se
convirtió en distrito. El terreno inseguro terminó convertido en propiedad
productiva.
Y detrás de aquel cambio existieron hombres concretos:
soldados sometidos a condiciones durísimas; familias criollas que resistieron
durante décadas; indígenas aliados que combatieron junto a las fuerzas
nacionales; pioneros que cavaron canales; sacerdotes como Manuel Marco; inmigrantes
que llegaron sin conocer siquiera el nombre de San Rafael; hombres como Salas,
Balloffet, Bombal e Iselín, toda esa sociedad construyó el sur mendocino.
Por eso resulta históricamente injusto borrar de ese proceso al Regimiento 7.º de Caballería. No fundó por sí solo San Rafael, pero ayudó a crear una condición imprescindible para que San Rafael pudiera poblarse: la posibilidad concreta de vivir, trabajar y permanecer en la tierra, esa es quizá, la mejor manera de comprender su legado, porque antes de que San Rafael fuera la tierra de la vid y del vino, durante muchos años fue tierra de frontera. Y para que el colono pudiera finalmente construir una casa donde antes necesitaba levantar un fortín, hubo hombres que hicieron guardia.
Bibliografía
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D’ONOFRIO, S. (2025). Historia Eclesiástica de la Diócesis
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IZUEL, M. E. (2023). “Comandante Salas”. Revista Kilómetro
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Revista Kilómetro Cero.
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Ejército Argentino. Museo Histórico Militar San Rafael.
Ministerio de Defensa de la Nación. Fuente institucional sobre la memoria militar
del sur mendocino.
[1]MOYANO
J. (1968) Testimonio de Narciso
Sosa Morales sobre el malón
a la Villa ocurrido el día 5 de julio de 1868. Artículo de la Prof. María Elena
Izuel. Recuperado el sábado 26 de abril de 2025 desde https://revistakm0com.wordpress.com/2023/01/30/historia-local-el-malon-del-5-de-julio-de-1868-en-la-memoria-de-un-vecino/
[2]GRECO
A (2025) El traslado del Regimiento de Caballería 7 a Cuadro Nacional.
Entrevista Telefónica
[3]Semanario
Voz de Lourdes. (2020) Historia de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes. San
Rafael. Mza. Argentina. p 2
[4]SANJURJO DE DRIOLLET. I (2014) Las pequeñas relaciones de derecho y
la justicia de paz en las colonias agrícolas de Mendoza (Argentina), 1900-1910,
Passagens. Revista Internacional de História Política e Cultura Jurídica, vol.
6, n.º 1 p. 33.
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